No quiero ser una supermamá

Te preguntarás dónde narices me había metido. Normal. Tanto tiempo sin saber de mí habrías contemplado el abandono de este blog como la opción más probable. Me resisto a ello, aunque encontrar un ratillo para escribir es algo cada día más complicado. No me preguntes por qué, pero la inspiración no fluye cuando tienes puestos los Cantajuegos de fondo. Antes, cuando estaba de baja maternal, me levantaba temprano por las mañanas para ganarle horas al día y aprovechar para escribir, leer las noticias o alguna novela, pero, desde que volví a trabajar, mis días empiezan tan temprano que sería una auténtica tarada si se me ocurriera madrugar más para leer el periódico. Eso en el supuesto de que a las 6 de la mañana se sepa ya cuáles son las noticias del día, claro. El caso es que a las 6, mientras el padre de Candela se levanta, se viste y se va a trabajar para entrar a las 7 menos cuarto, yo me levanto, me visto, despierto a Candela, le doy un biberón y la cambio. Después, tras dar de comer a los gatos, me empiezo a colgar cosas encima como si fuera un árbol de Navidad: la mininevera con el tupper de la comida, mi bolso, la bolsa del carro y alguna otra cosa más que siempre cae (léase carpeta con cosas del trabajo, cámara de fotos o similar… según el día). Con todo eso colgado, cojo a Candela en brazos y hacemos equilibrios para cerrar la puerta y bajar los cuatro pisos por las escaleras. Una vez abajo, deposito todas las cosas en el suelo, menos la niña, y abro el minicuarto de contadores. Como todavía no tengo un tercer brazo que me permita sostener a la niña a la vez que monto el carro, deposito a la niña en la silla del coche (que descansa cómodamente sobre el cubo de basura de la comunidad) y la ato para que me pueda esperar ahí quieta mientras saco del cuarto el chasis y lo despliego. Una vez montado el chasis, vuelvo a hacer equilibrios para salir de espaldas del cuarto de contadores cargada con la silla y la niña dentro. Inserto la silla en el chasis y salgo a la calle.

Como os podéis imaginar, con las agradables temperaturas veraniegas de Zaragoza, para entonces ya estoy sudando como una condenada. Cruzo al edificio de enfrente y tras abrir un par de puertas con el culo y bajar al tercer sótano en ascensor (esta vez sí) inicio el proceso contrario: desinsertar del chasis silla con niña y meterla en el coche, plegar chasis y meterlo al maletero. En esos momentos son ya las 7 de la mañana e iniciamos rumbo a casa de las abuelas. “¿De las dos?”, os preguntaréis. No, depende del día. Los lunes, miércoles y viernes a casa de una y los martes y jueves a casa de la otra. Muy importante entonces no olvidarte de en qué día de la semana vives. Una vez en casa de la abuela que toca con el coche sobre la acera comienza de nuevo el montaje: sacar chasis, desplegar chasis y montar silla con niña encima mientras aprovecho para darle a mi madre o a mi suegra el parte imprescindible: “no ha hecho cacas, así que échale laxante en el siguiente bibe; se ha tomado los 180 de biberón, te he metido en la bolsa puré para la hora de la comida…” y cosas por el estilo. Arranco el coche y emprendo el camino a Quinto por la inigualable N-232. Después de algún que otro atasco a la salida de Zaragoza, de unas cuantas docenas de camiones y de ver como algún pirado arriesga su vida intentando adelantarlos, llego a Quinto. Para entonces son las 8 y mi jornada laboral acaba de comenzar. La hora de finalizarla no está muy clara: si es martes o jueves salgo media hora antes para llegar a buscar a Candela antes de que mi madre entre a trabajar. Si es lunes, miércoles o viernes puedo salir más tarde para recuperar las medias horas de martes y jueves, puedo aprovechar para ir al super a comprar antes de ir a buscarla o, incluso, si no tengo que hacer ninguna de las dos cosas anteriores ni ninguna otra (léase pediatras, reuniones y demás) puedo escaparme un rato al gimnasio.

Si llego a buscarla a una hora prudente, una vez en casa, (tras el montaje de carro y subida de niña por las escaleras que ya he explicado antes) se inicia el proceso merienda: pelar frutas, batir frutas, intentar que coma frutas, mancharlo todo de frutas, tirar frutas a la basura y limpiar fruta de las partes más insospechadas. Después llega el momento de preparar la comida para meter en los tuppers del día siguiente. En ese momento, más o menos, llega el padre de Candela y podemos iniciar el proceso baño. Y como lo que tenemos por hija es una marmota que no protesta por nada, pues después de la ducha basta con dejarla en la cuna con su proyector de estrellas, su chupete y su dudu cubriéndole la cara para que ella sola coja el sueño hasta el día siguiente. Para entonces son las 9 de la noche, pero todavía queda hacer la cena, tender alguna lavadora, recoger algo la casa, preparar el bibe para la mañana siguiente, los bocatas para el almuerzo, los correspondientes tuppers en las neveritas portátiles y hacerles un poco de caso a los pobres gatos.

Sobre las 10.30  o las 11 me desmayo sobre la cama sin ganas de ver series, de leer y de vivir en general. Afortunadamente, cuento con la certeza casi absoluta de que Candela no llorará a mitad de noche y de que podré dormir del tirón hasta que el despertador vuelva a sonar a las 6 de la mañana (sino fuera así  seguramente no estaría escribiendo esto porque habría muerto ya hace unos meses…)

¿Y por qué coño os cuento todo esto? -os preguntaréis-. Pues porque tengo la sensación de que las madres que trabajamos tenemos la presión y poco menos que la obligación de convertirnos en  ‘supermamás”. La red está llena de listas absurdas del estilo ’12 pasos para ser una supermamá’ entre los que podemos encontrar cosas como ‘el éxito profesional no debe apartarte de pasar más tiempo con tus hijos, aunque esto te haga renunciar a otras cosas’ o ‘aprovecha el tiempo entre trayectos para hacer cosas como contestar mails u organizar las tareas del hogar’. Aunque mi favorito es el último: ‘Ante todo, buen humor’. O sea, que no solo tienes que ser capaz de contestar un mail de trabajo mientras cambias un pañal y tienes en el fuego unas lentejas, sino que además no se te tiene que olvidar sonreír. Y a eso esta sociedad lo llama conciliar. Y una mierda.

En este país cuando uno de los dos miembros de la pareja deja de trabajar o se reduce la jornada para cuidar de sus hijos se da por hecho que es la madre la que debe hacerlo. El caso contrario es una anomalía que se enfrenta a miradas de sorpresa de la gente y a comentarios que ponen en tela de juicio la estima o el apego de esa madre hacia sus hijos. Sin embargo, a nadie se le ocurre tachar de mal padre al macho alfa que pasa el día fuera de casa, que viaja sin descanso o que acepta un puesto directivo aunque esto le suponga pasar más horas trabajando.

Y las que se niegan a eso, a dejar de trabajar, a reducirse la jornada, a dejar de quedar con amigos, de hacer ejercicio y, en definitiva, a dejar de tener una vida más allá de su papel de madres, deben pagar un precio muy alto por ello. Deben aprender a trabajar estando pendientes al mismo tiempo de decirle a la abuela o cuidadora la dosis de apiretal que debe darle al niño para bajarle la fiebre. Sin olvidar, por supuesto, cuando toca vacuna, revisión en el pediatra o cuando falta leche en la nevera. Todo esto, lo que yo llamo carga psicológica, siempre es para la madre.

Y tratar de compatibilizarlo todo (trabajo, casa, niños y carga psicológica) con más o menos éxito nos cuelga de cara a la sociedad una etiqueta de ‘supermamás’ o ‘supermujeres’ que no es más que un reflejo de todo lo que le queda por avanzar a una sociedad en cuestiones como la igualdad o como la conciliación real (que, me temo, que no es esa que nos pretenden vender cuando nos dicen, por ejemplo, que amplían a un mes el permiso de paternidad).

Os estaréis preguntando cómo he encontrado el tiempo para escribir esta parrafada con todo lo me he quejado de lo ocupada que estoy y el rato que me ha debido costar. Pues… primero porque estoy de vacaciones, pero, sobre todo, porque he contado con la inestimable ayuda de los Cantajuegos (de ahí que no se le pueda pedir mucho más a mi inspiración dadas las circunstancias… ya lo siento…)

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