Tu derecho a la imbecilidad (por David Jiménez)

Aquí dejo una entrada que he leído en el blog del periodista David Jiménez. Como la suscribo palabra por palabra, no tiene sentido que escriba yo sobre este tema para escribir lo mismo, así que la comparto.Todo el mundo tiene derecho a hacer el imbécil. En libertad y sin que le molesten. A ratos o todo el tiempo. El problema es cuando tu imbecilidad afecta a otros. En ese momento se hace necesario limitar tu derecho a la ignorancia o el desvarío, por el bien común.

Viene esto a cuento del debate sobre las vacunas, que cada poco despierta de su letargo con algún enterado que nos cuenta que son malas para esto o aquello, vaya, que lo ha leído no sabe dónde, que ahora no lo recuerda, pero que lo decía una eminencia en estas cosas. Y ya puede usted presentar los estudios científicos que demuestran lo contrario o contar que hay lugares donde los niños mueren precisamente porque no tienen esas vacunas. No importa: como bien sugería el otro día José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras en España, vivimos en la cara del mundo más privilegiada. Nuestro margen para la imbecilidad es mayor.

Le preguntaban a Bastos, que es médico, por las vacunas: “Es un debate de sociedades acomodadas que no han visto, como hemos visto nosotros, a niños morir de sarampión o de otras enfermedades transmisibles, ni han visto a niños morir de tétanos. Como esas enfermedades se desconocen, algunos se permiten el lujo de ignorarlas”.

Quizá el caso más grave es el de padres que se niegan a vacunar a sus niños. No sólo ponen en peligro a sus hijos, que bastante delito tiene, sino también a los demás. Una cantidad suficiente de irresponsables como ellos y lo mismo tenemos de vuelta una enfermedad que la ciencia consiguió erradicar. Es la imbecilidad que mencionaba al principio, la que afecta a otros. La del borracho al volante, el dominguero que tira una colilla encendida en el bosque o el banquero que apuesta los fondos del banco al rojo, que si sale negro ya lo pagan los clientes y pequeños accionistas. Con lo fácil que es hacer el imbécil en tu casa, discretamente y sin molestar a nadie.

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