Con un mes me basta

Hoy hace un mes que el teléfono de la habitación del hospital donde había dado a luz unas horas antes sonó. Lo cogí yo y una voz de mujer me dijo: “Hola, llamamos de control de enfermería. ¿Ya ha hecho pis la mamá?” Yo, sin pensarlo un momento, tapé el auricular del teléfono y le pregunté a mi madre: “¿mamá, has hechos pis?” Tardé un par de segundos más en darme cuenta de que ‘la mamá’ a la que se refería la enfermera al teléfono era yo. “Sí, sí, he hecho pis” – me apresuré a contestar al mismo tiempo que pensaba que, dado lo lenta que estaba de reflejos, el pis no debía haberme valido para eliminar la anestesia del todo.El caso es que hace un mes que pasé de ser la hija de mi madre a ser la madre de mi hija. Un mes de vida tuyo me ha bastado para darme cuenta de muchas cosas.

Yo siempre había dicho que la explicación al cambio radical que sufre todo el mundo tras dar a la luz es que a las madres les ponen en el hospital, nada más parir, una especie de ‘inyección de la maternidad’ , que lo mismo vale para convertirse en una supermujer capaz de mantenerse en pie tras semanas sin dormir, como quita de un plumazo los ascos previos y pasa a convertir en algo normal que una pequeña criaturita vomite, mee y se te cague, literalmente, encima. Una inyección que hace que seas capaz de discernir diferencias claras entre el llanto por sueño, el llanto por hambre o el llanto por dolor, capaz de convertir el hasta ahora sueño profundo en una duermevela de la que sales al instante con cada pequeño movimiento que se produce en el interior de la cuna. Una inyección que vuelve a cambiarte la percepción del tiempo y, por tanto, es la responsable de que antes contaras tu embarazo en semanas en vez de en meses, y ahora pases a contar en meses en vez de en años la edad de tu retoño.

Pues sí. Un mes me ha bastado para darme cuenta de que algo de eso hay. De que esa inyección, también llamada instinto, es la responsable no solo de que quieras desde el primer segundo de vida a un ser que ni siquiera conoces, sino de que además seas capaz de quererlo de una manera distinta al resto de personas que quieres.

Dicho esto, con lo que creo que una mayoría aplastante de madres de cualquier edad, color y religión estará de acuerdo, diré también que nada tiene que ver ese instinto con la manera más o menos sacrificada que cada una tenga de vivir su maternidad y compartirla con el resto.

A mí durante el embarazo se han hartado de decirme cosas tan animosas como: “Aprovecha para dormir ahora porque luego no podrás; tu cuerpo ya no volverá nunca a ser el que era; aprovecha ahora a quedar con gente porque luego ya será imposible; no vas a tener tiempo ni de ducharte, ni de pintarte las uñas, ni de leer, ni de nada de nada; ya verás que pena te da volver a trabajar y dejar a la niña tan pequeña…”  Y así podría seguir  un buen rato. Pues bien, por el momento puedo decir que no han dado una: duermo más y mejor que durante el embarazo, porque ahora no se me duermen las piernas con el peso de la tripa como me pasaba antes, y tú, Candela, eres un pequeño lirón que se despierta cuando le toca comer y se vuelve a dormir solita en su cuna sin llorar; salí del hospital con mis vaqueros y peso exactamente lo mismo que cuando me quedé embarazada; todavía no he dejado de quedar con nadie por culpa tuya; en este mes, y teniendo en cuenta que las primeras semanas con los puntos el reposo era obligado, he salido a comer, a cenar y a tomar algo (unas veces contigo y otras sin ti), he ido a mi junta mensual de la Asociación de Periodistas y me he inscrito a una jornada de formación que se celebrará dentro de un par de semanas. Me sigo duchando todos los días con toda la calma del mundo aunque estemos solas en casa, porque tú no lloras nunca (y aunque lloraras no se acabaría el mundo porque tardara unos segundos en acudir, también te lo digo…), llevo recién pintadas las uñas de las manos y de los pies, estoy leyendo el finalista del último premio Planeta y nos hemos visto mano a mano las dos temporadas de Narcos y ayer empezamos serie nueva a la espera de la tercera temporada de Escobar.

Y en cuanto a lo del trabajo… estoy deseando volver ya, así que no creo que vaya a cambiar de opinión en unos meses. Me apetece volver a hacer mi periódico, a hablar con la gente, cabrearme porque no me llegan textos, tomar café con mis compañeros, coger el coche e irme de pueblos a que me cuenten cosas, hacer fotos… Me apetece mucho volver porque me gusta lo que hago y porque deseo tener otras preocupaciones diferentes a si hoy me toca poner lavadora de blanco o de color, pensar en cosas más allá de qué hacer para comer hoy y tener cosas que contar al final del día que no sean: “He limpiado el horno con un producto nuevo y no veas la mierda que tenía” o “se me ha desteñido la toalla roja que compré el otro día y me he cargado toda la colada”. 

¿Y sabes lo mejor, Candela? Que no me siento peor madre por ello ni creo que te quiera menos. Que tal vez no sea políticamente correcto decir estas cosas y estemos acostumbradas al perfil de madre abnegada que critica con saña y sin compasión cualquier otra visión de la maternidad que no sea idéntica a la suya. Madres que ponen el grito en el cielo cuando a una periodista se le ocurre decir en una entrevista cosas como que tener hijos es perder calidad de vida, o que la maternidad no tiene por qué ser el último escalón en la pirámide de felicidad de una mujer. Como si cada uno no tuviera derecho a pensar y  a decir lo que le dé la gana sobre cualquier cosa. También sobre la maternidad.

No me imagino a todas estas madres que se han tirado a la yugular de Samanta Villar haciendo lo mismo si hubiera sido un hombre el que hubiera hecho estas mismas declaraciones. Pero, como siempre, Candela, nosotras somos nuestras peores enemigas, unas hienas obsesionadas con estigmatizar con el cartel de ‘mala madre’ a cualquier mujer que se atreva a pensar, decir o vivir su maternidad (o su no-maternidad, en el caso de que no quiera ser madre) de una manera diferente a lo que se espera de ella.

Candela, espero que vivas los años suficientes (y lo digo porque van a hacer falta muchas décadas) para luchar y ver cómo cambian estos patrones arcaicos cuya única manera de sobrevivir es defenestrar todo aquello que no se ajusta a su intolerancia y a su estrechez de miras.

Espero que tú, el día de mañana, no dejes que nadie te diga cómo tienes que pensar ni cómo tienes que vivir tu vida. Yo, a día de hoy, solo te puedo decir que un mes me ha bastado para darme cuenta de que la vida contigo va a ser como nosotros queramos hacerla; pero va a ser, seguro, diferente, a todo lo que me habían contado.

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