Tu llegada al mundo

Hoy es el día que llevaba esperando desde hace 9 meses. Exactamente desde el instante en que el pasado 20 de mayo el predictor sacó las dos rayitas rosas y yo eché mano de las instrucciones que había leído y releído 40 veces para corroborar que mi tendencia a hacer y entender las cosas al revés no me estaba jugando una mala pasada. Desde el momento en el que supe que estaba embarazada, el 18 de enero fue una meta, el día ‘D’ que parecía que no iba a llegar nunca. Pero no. Ha llegado. Y como casi todo lo que se espera con ansia desmedida no ha resultado ser como planeé porque, en vez de estar dando a luz, estoy aquí sentada tranquilamente escribiendo (bueno, más bien sentada de lado y con mucho cuidado para que no me tiren los puntos, todo hay que decirlo) mientras tú duermes plácidamente en el cuarto de al lado con tus 10 días de vida.

Y es que las cosas que se esperan con más ganas en la vida nunca se presentan cuando y cómo hemos planeado. Así que el pasado 8 de enero, cuando amanecí por la mañana con contracciones, la situación me pilló con el pie cambiado. Había quedado por la mañana con dos amigas fotógrafas para que me hicieran una sesión de fotos embarazada. Pero tú debías saber todo lo que me había costado decidirme a posar con esa triporra con la que me veía de todo menos bonita y decidiste intervenir contra todo pronóstico. Aún así, no pudiste evitar, que, entre contracción y contracción, improvisáramos una pequeña sesión en casa. Hay que reconocer que, más allá de cómo salgamos en las fotos y de que la sesión hubiera sido mucho más chula si tú no te hubieras empeñado en nacer antes de tiempo, no todo el mundo puede decir que tiene fotos en la tripa de la misma mañana del día en el que nació. De mayor igual te hace gracia. O igual solo te hace gracia la primera vez de las tropecientasmil que te contemos la historia. Vete tú a saber.

Después de las fotos, las contracciones empezaron a ser cada vez más seguidas, cada 8 ó 10 minutos, más o menos, pero como la matrona sargento de las clases preparto ya nos había advertido de que no llamáramos hasta que no bajáramos de los 5 minutos, pues yo, muy obediente, esperé un poco más y me comí un plato de arroz con conejo que había sobrado el día anterior. Tuvo que ser en el sofá, eso sí, para poder dejar el plato y revolcarme entre gritos cada pocos minutos. A las 3 de la tarde, cuando la cosa bajó de los 5 minutos, llamé a la matrona siguiendo también las precisas instrucciones de las clases: “Preferimos que nos llaméis vosotras y no vuestro marido porque escuchando vuestra voz tenemos mucha más información de la situación en la que realmente estáis”– nos habían dicho. Y así lo hice. Con tan buena suerte que me dio una contracción en mitad de la llamada y dejé acojonada a la matrona. De camino al hospital, solo podía pensar que a lo mejor al llegar allí me decían que no estaba de parto, que todavía estaba muy verde y me mandaban para casa. “Como estas contracciones sean de mentira, con las del parto de verdad me voy a cagar”, -pensaba mientras tu padre conducía y sudaba como si estuviéramos a 8 de agosto en vez de a 8 de enero.

Cuando llegamos, tu abuela estaba bajando del taxi. Tus otros tres abuelos y tíos no tardarían en unirse. Creo que llegamos a insistir en que no hacía falta que vinieran, que iríamos informando de cómo iba la cosa, pero dio igual. Ninguno de ellos estaba dispuesto a no ser el primero en conocerte. Supongo que ese fue el primer síntoma de lo irremediablemente mimada que vas a estar de ahora en adelante.

Afortunadamente, la matrona también había llegado y no tardó en darme buenas noticias. Cuello borrado y tres centímetros de dilatación, un momento excelente para poner la epidural. Cinco minutos más tarde, ya en la sala de dilatación, apareció un hombre con una luz especial en el rostro. Un hombre al que las circunstancias me hicieron ver guapo, ocurrente y gracioso. Era el anestesista. Un pinchazo más tarde la sensación de que alguien me cogía el útero con la mano y iba cerrando el puño hasta dejarme sin aire cesó de repente y la única prueba que tuve de que seguía de parto en las horas siguientes fue el monitor que dejaba que oyéramos el rapidísimo latido de tu corazón y que dibujaba en un papel los picos de cada contracción. Tu abuela, como trabajadora del ginecólogo que iba a atender el parto, pudo asistir a todo el proceso: “Después del fuego, esto de la epidural me parece el mayor invento que se ha hecho”, repetía mientras me hacía una foto sonriendo para informar al resto de la familia de que la cosa iba bien por el momento.

Tres horillas más tarde, nos pasaron a la sala de partos y, cuatro empujones más tarde, cuando abrí los ojos para recuperar el resuello, me pusieron encima una cosa moradita y muy sucia que hizo que sintiera una emoción desconocida hasta el momento. Me eché a llorar como única vía de escape posible. Es curioso que el dolor más grande y la emoción más intensa se puedan expresar de la misma manera. A lo mejor es una prueba más de que en este mundo en que vivimos los extremos tienden a unirse.

Te llevaron a pesar y a medir y te limpiaron un poco, pero enseguida te volvieron a poner sobre mí. Tenías los ojos muy abiertos. No llorabas, solo lo mirabas todo con extrema curiosidad, como si esas mismas ganas de conocer fueran las culpables de tu temprana salida al mundo. Y así continuaste mientras me cosían. Más de una hora de puntos que no sentía. Pero no sé si gracias a mi amigo el anestesista guapo o gracias a esos ojos que ya no podía parar de mirar.

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