El exceso de información o cómo sobrevivir a las clases de preparación al parto

Hace unos días que empecé las clases de preparación al parto. Y tengo que decir que me parecen toda una experiencia. Después de perderme un poco por los pasillos del hospital (eso es inevitable, llegar a un sitio a la primera no está en mi ADN), llegué a una sala en la que solo estaba la matrona y un fisio, que era el que ese día iba impartir la primera parte de la clase (lo de llegar la primera a los sitios tampoco es casualidad, porque como siempre doy por supuesto un margen de tiempo de pérdida bastante amplio, pues suelo llegar la primera a todas partes).

Al poco de llegar yo, empezaron a entrar barrigas pegadas a cuerpos no menos contundentes. Desechada la opción de que todas estuviesen embarazadas de quintillizos (por improbable), acabé concluyendo que comer durante los meses de embarazo como si no hubieras visto hoja verde en tu vida debe ser algo más habitual de lo que pensaba. Un rato más tarde me enteré de que la que menos se había engordado iba por los 15 kilos en la semana 37 y la que más decía que llevaba unos 25, pero que, cómo no, gran parte de la culpa la tenía la retención de líquidos. Yo me avergoncé de mis 5 kilillos escasos y dije que no lo sabía exactamente, No quería que la gente me empezara a mirar mal mientras me decía cosas como “¿¿¿Solo??? ¿Y por qué? ¿Has hecho régimen o algo? ¿Y te han dicho que el bebe está bien de peso??” La sesión todavía no había empezado y seguro que habría tiempo para sentirme mala madre por otras cosas, pero no estaba dispuesta a empezar asumiendo las culpas de no haberme engordado más, porque la única explicación coherente a eso es que debo ser de mala raza, como dicen en mi pueblo. En cualquier caso, el hacer la mitad de bulto que las otras siete que había allí no era ni mérito ni desmérito mío, así que… a otra cosa.

El fisio nos puso una proyección muy interesante y la acompañó con una explicación con pelos y señales de todas las posibles cosas, y sus consecuentes secuelas, que te pueden pasar en los bajos durante y después del parto. Episotomía, hemorroides, incontinencia urinaria, entuertos, dispareunias, anorgasmia, problemas con el suelo pélvico, estreñimiento crónico… En fin, una colección de cosas que si hubiera sabido antes tal vez hubiera contemplado la adopción o el vientre de alquiler como una buena opción a tener en cuenta. Pero claro, cuando te encuentras sentada allí con el tripón que has cultivado cuidadosamente durante 34 semanas ya no hay marcha atrás, así que me dio por pensar en la improbabilidad de que me pasara todo lo que me estaban contando. “Todo seguro que no. Pero con te pasen una o dos cosas de todas esas es para estar jodida, jodida”, respondió a continuación mi lado más macabro.

El fisio siguió hablando detalladamente ilustrando con fotos la mayor parte de su intervención, y yo empecé a preguntarme si sería la única en la sala a la que “se le estaba estorbando la gana”, como diría mi abuela. Intenté evadirme un poco y pensar en otras cosas para evitar montar un espéctaculo de esos de bajón de tensión con desmayo a los que soy tan aficionada. Por suerte, cuando terminó la intervención, la que tenía al lado me susurró un reconfortante “menos mal que ha acabado porque estaba a punto de caerme redonda”. Bueno, al menos ahora sabía que no era la única cobardica de la sala. Algo es algo.

La segunda parte de la sesión corrió a cargo de la matrona y fue sin duda mucho más divertida, sobre todo porque nos dijo que cogiéramos las esterillas y nos tumbáramos en el suelo boca arriba para hacer unos ejercicios de flexibilidad. Cinco de las siete barrigas (esto es, todas menos la mía y la de otra chica) se unieron para decir al unísono: “¿¿¿¿Boca arriba??? ¡¡Yo no puedo!!!” La matrona aclaró que solo iba a ser un momento, pero que si, aún así, no podían, que se pusieran de lado, que no pasaba nada. Todas menos la otra chica y yo se pusieron de lado y comenzaron a resoplar con cada movimiento de piernas o brazos que indicaba la matrona. Fue entonces cuando agradecí mi barriga reducida y el haberme pasado por el forro a todas esas petardas que me han dicho durante estos últimos tiempos: “-¿Pero continúas yendo al gimnasio?? ¿Y seguro que eso es bueno? ¿Y para qué vas si estás embarazada y te vas a engordar igualmente?”  

“-Para no convertirme en una vaca burra incapaz de levantar una pierna”, me autocontesté mentalmente en ese momento recordando esas preguntas que me han hecho una y otra vez a lo largo de estos meses. Después de llamar a la grúa para levantar del suelo a alguna que otra barriga indefensa, la clase concluyó y me fui a casa preguntándome cómo iban a parir unas personas que hiperventilaban cada vez que levantaban un brazo. En fin, cosas más raras se han visto, seguro.

En la segunda sesión, dos semanas más tarde, nos hablaron del parto. A esa me fui con refuerzos. Porque nunca está de más que los padres de las criaturas se vayan haciendo una idea de lo que les espera o les puede esperar el día que a ti te dé por romper aguas. La sesión, ilustrada también por fotos de distintos momentos que, sinceramente, se podían habían ahorrado, fue de nuevo de lo más gráfica y cumplió una función muy interesante: acojonarnos a madres y padres por igual ante la próxima experiencia.

En fin, como periodista negaré siempre haber dicho esto, pero creo que mi ginecólogo tenía más razón que un Santo cuando unos días más tarde, después de comentarle brevemente las sensaciones que me producían estas clases, me dijo: “Esther, hazme caso, el exceso de información es malo, muuuuyyyy malo”. 

Pues sí, mirándolo así, tal vez la ignorancia no esté siempre tan mal…

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