La importancia de los colores

Dicen que las cosas no son ni blancas ni negras, que en medio hay una amplia escala de grises. Y debe ser verdad porque después de muchos blancos y de un negro, ahora va a gobernar el mundo un tío muy ‘gris’, un hecho que podría darnos varias lecciones a tener a cuenta, como que no siempre los grises son mejores que los blancos y los negros o también que la democracia (‘el menos malo de los sistemas posibles’, que decía Churchill) está sobrevalorada.Pero no pretendía yo hoy dar lecciones de democracia, que ya andamos sobrados de políticos y tertulianos que se creen en posesión de la verdad absoluta.

Quería más bien centrarme en algo que me tiene últimamente muy sorprendida y no es otra cosa que la importancia de los colores. Resulta que yo, mujer de blancos, negros y rojos, me he visto inmersa de repente en una serie de decisiones cromáticas altamente complicadas y, por lo visto, más importantes de lo que pensaba.

Todo empezó el día en el que el pintor me trajo el muestrario de colores para que le dijera en qué tonos quería pintar las paredes de casa. Yo ya estaba predispuesta a no salirme de mis tonalidades habituales, así que quería cambiar el rojo chillón de algunas de mis paredes (una por habitación) por un gris clarito y el resto pues blanco, igual que estaba. Así que elegí al azar una de las 20 tonalidades de ‘gris clarito’ que había en el muestrario, ya que mi retina se mostró incapaz de distinguir las diferencias entre varios números de referencia que me parecían exactamente iguales. Había intentado previamente que mi querido marido me sacara del atolladero y eligiera por mí, pero me dijo que ‘gris claro es gris claro’, que le parecían todos el mismo. Ya se sabe que la escala cromática masculina es entre un 40 y un 80% más reducida que la femenina (dependiendo de los casos y de la orientación sexual), así que no sé cómo pude esperar que fuera precisamente un hombre el que resolviera el asunto. Elegido el tono de gris y blanco, llegaron las opiniones diversas de algunos allegados (siempre inevitables): “Y vas a pintar toda la casa igual? ¿Y no le vas a poner al cuarto de la niña un color más juvenil? Pues una pared en rosa palo quedaría muy bien…” 

-No. Me gusta todo igual. Más fácil y más barato que andar pidiendo muchos colorines. Si cuando la niña tenga uso de razón quiere pintarse la habitación de rosa palo pues veremos a ver qué determinación tomamos con ella: o dejar que se la pinte ella misma a ver qué tal le queda o castigarla hasta que se le pase la noñería. Fin del asunto. O eso creía yo.

Pero no. Luego llegó el momento de elegir los muebles del futuro dormitorio de Candela. Yo pensaba que una vez elegido el tipo de mueble la cosa ya estaba encarrilada, pero una vez más me equivoqué. El vendedor abrió un amplio muestrario del mismo mueble en muchos colores, pero yo estaba preparada para esta primera embestida: “Blanco, quiero el mueble blanco y los tiradores de los cajones en rojo”, dije pensando que ya estaba todo solucionado. “¿Blanco brillo o mate?” -preguntó el de la tienda. Miré al padre de la criatura, que ya estaba poniendo cara de “me da lo mismo”. -“Mate”, -respondí segura de que, ahora sí, estaba zanjando el asunto. El vendedor se levantó, se giró, cogió un nuevo muestrario y ante nuestras narices aparecieron cientos de tiradores. “Vale, pues ahora me tenéis que decir en qué tonalidad de rojo queréis los tiradores y de qué forma: salientes, incrustados en el mueble, redondos, cuadrados…”  Socorro. Esto no puede estar pasando.

Pero el día que me dí cuenta de verdad de que no estaba valorando la importancia que puede tener un color en este rosario de decisiones para padres primerizos fue el día en el que descubrí que los colores valían dinero. Fue el día en el que fuimos a encargar el carro de Candela. Ya lo habíamos mirado previamente, y tras mucho leer acerca de sillas, capazos, maxicoxis, modelos dúo, trío, pesos, facilidades de plegado, suspensiones, alturas regulables y precios, yo pensaba que íbamos a tiro hecho. Le decíamos a la dependienta el modelo, pagábamos la señal y le dábamos el teléfono para que nos llamara cuando llegara el carro. Así de fácil.

Inocente, inocente. -“¿Y de qué color queréis la capota? Os voy a enseñar los nuevos colores de la colección 2017”, dijo la de la tienda. Yo no daba crédito y el padre de la criatura resopló desde lo más profundo de su ser.

“El color gris lo mantienen en la nueva colección, pero hay nuevos colores como este verde, que es un verde botella muy bonito, el negro, el rosa o este con estampado de estrellas”, nos explicó mientras se volvía loca buscando en las páginas del catálogo el estampado de estrellas.

-“Si no encuentras el de estrellas da igual, de verdad, que me lo imagino -le dije-, pero, entonces, ¿hay alguna diferencia entre los carros de la temporada 2016 y los de la 2017, han mejorado en algo? -pregunté.

“No, no, es exactamente el mismo carro -contestó mientras seguía pasando páginas en busca de la capota de estrellas-, lo único que cambia son los colores, que hay algunos nuevos y otros que se dejan de fabricar. Si eligieseis un color de la temporada 2016, os saldría el carro más barato, claro, porque ya está en stock”, concluyó de pasada, como descartando al momento la indecencia de que algún padre fuese capaz de llevar a su hijo con el color de la capota de una temporada anterior solo por ahorrarse unos euros.

-“Mira, me da exactamente igual el color. Solo me interesa que no sea de un color claro, para que no se manche mucho, y que no sea rosa (aunque sea tendencia en esta temporada 2017) por si tengo un segundo hijo o se lo tengo que dejar a algún futuro sobrino. O sea, que enséñame los colores de 2016 y dime cuánto me ahorro por coger uno de esos”.

Pareció claudicar y cogió la calculadora. –“Pues 100 euros es lo que os ahorráis, y tendría que ser en uno de estos colores”. 

¿¿Cómo?? ¿¿100 euros??  –“Pues la capota en naranja está bien, por ejemplo”, dije.

-“¿Y la sombrilla? ¿De qué color la queréis?”, preguntó mientras se disponía a abrir un nuevo catálogo.

“Negra, como el resto del carro”, dije sin poder evitar alzar un poco la voz.

El proceso había sido agotador, así que no tuvimos fuerzas para mirar sacos o cualquier otro tipo de complemento que nos hiciera tomar más decisiones cromáticas.

Volví a casa aturullada, pensando en la estupidez que rodea a la raza humana en general y al micromundo de los padres primerizos en particular. Y es que me resulta muy complicado pensar que alguien que desecha unos determinados colores por ser de la temporada pasada y se gasta 100 euros más en algo tan nimio, sea luego capaz de educar a su hijo en valores.  ¿Cómo hacer entender luego a tu hijo que el color, en cualquier faceta y cosa de esta vida, no es más que algo superficial y decoroso, pero que para encontrar lo importante, siempre, siempre, hay que rascar un poco más?

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