Ahora que tengo tiempo

Ayer fue el primer día que no trabajé. Tras torearme de un poco a bastante, la Mutua decidió que podía haber llegado el momento de que dejara de enfilar mi querida (y odiada al mismo tiempo) N-232 para ir a trabajar. Así que ayer, cuando el despertador sonó casi a la misma hora de siempre, mis quehaceres pasaban por abrirle la puerta al pintor que comenzaba a pintarme la casa y conseguir sobrevivir en medio del caos de cosas tapadas, papeles por el suelo y ventanas abiertas que dejaban entrar los 7 graditos con cierzo que había fuera. Hoy la cosa lleva el mismo camino con el añadido de un dolor de garganta incipiente que hace presagiar un catarro de esos en los que todo el mundo se encarga de recordarte que no te puedes tomar nada. No vaya a ser que a pesar del tripón que te empieza a impedir los movimientos más tontos y de las ganas irrefrenables de hacer pis cada 25 minutos se te haya olvidado que estás embarazada.

Pero dejando de lado por un momento mis quejas de futura madre desnaturalizada, a lo que iba es a que en los últimos 11 años el tiempo máximo que he estado sin ir a trabajar es un mes, cuando me operaron de las cuerdas vocales y tuve que dejar que otros hablaran por mí hasta que me recuperé. El resto del tiempo mis días de vacaciones seguidos nunca han llegado a tanto y siempre tuve claro que, eligiera la fecha que eligiera para mi boda, ésta tenía que ser a principios de un mes, el que fuera, para irme de viaje de novios pero poder llegar a tiempo al cierre.

Y a los que estén pensando que es una faena que las exigencias de mi puesto de trabajo sean éstas les diré que la mayoría de estas condiciones, por no decir todas, han sido auto-impuestas. No ha habido ningún jefe que me haya venido a decir que el plazo de cierre era uno o que la web debía actualizarse todos los días laborables del año con un mínimo de dos noticias al día. He sido yo sola. Pero la razón no tiene nada que ver con que quiera que me den el título a la trabajadora del año ni nada parecido. Es porque creo que cualquier publicación, por pequeña que sea, debe tener unos plazos fijos si pretende que sus lectores, en formato papel o digital, la tomen en serio. Dicho de otra manera, (como diría nuestro nuevo y flamante presidente Marianín), me tomo en serio lo que hago porque me gusta y creo que debe hacerse así, y eso me lleva a autoexigirme determinadas cosas que afectan a mi día a día, incluso cuando estoy de vacaciones. Porque no se puede dejar de estar pendiente de si salta en el digital la noticia que has programado o de si sale algo en el periódico del día que debes recortar y guardarte para el dossier de prensa.

Pues bien, tras 11 años con esta dinámica, ayer la cosa cambió. Ahora hay otra persona que se encargará de estar pendiente de todo eso. Mis meses han dejado de medirse por los días que quedan para el cierre y ni siquiera soy yo la que atiende el teléfono móvil cuando suena a cualquier hora para contarte las cosas más peregrinas. Y, estando más llena que nunca, literalmente hablando, no puedo evitar sentirme vacía. Ya sé que casi la totalidad de los que estéis leyendo esto pensaréis que soy gilipollas. Y seguramente no os falte razón. Todavía no me he encontrado con nadie que me haya dicho que le costó acostumbrarse a no ir a trabajar cuando le dieron la baja maternal.

Todo el mundo me habla de las ventajas de ‘tener tiempo’ para hacer todas esas cosas que no he podido hacer hasta ahora y, sobre todo, no faltan los que te recomiendan que disfrutes de estas últimas semanas de tranquilidad antes del nacimiento de Candela, como si en vez de parir a una niña fuera a parir a la reencarnación del mismísimo Satán: “Aprovecha ahora para dormir porque luego ya no podrás”, “aprovecha ahora para cortarte las uñas de los pies porque luego con la niña ya no tendrás tiempo”, “aprovecha, aprovecha, aprovecha…”

Y no digo yo que no vaya a acabar haciéndolo, pero, de momento, lo único que puedo decir es que me va a dar mucha pena estar tantos meses sin ocuparme de saber las pequeñas grandes cosas que suceden en mis pueblos. Cuando el otro día me llamó la presidenta de una de las asociaciones de mujeres para despedirse de mí y lamentarse de que este mes de abril no estaré para comer rancho el día del concurso, me entraron muchas ganas de llorar mientras le aseguraba que, aunque no lo organizara y estuviera de baja, intentaría bajar a comer con ellas. Y cuando, unos días más tarde, me llegó un paquete de una vecina de la comarca con un babero bordado a mano para la pequeña Candela y una nota en la que aseguraba que había dado cada puntada pensando en nosotras, ya no me pude contener. Es trabajo, sí. Pero cuando tu trabajo te gusta se convierte en una parte de ti y, tras las quejas y los agobios de cada final de mes, mis esfuerzos se ven recompensados con cada número de un Zafarache que también siento un poco ‘hijo’.

Lo único que espero es que Candela, mi hija de carne y hueso y no de papel, tenga la suerte de dedicarse a algo que le guste y le llene tanto como a mí mi trabajo. Tal vez no sea la mejor forma de hacerse rica (sobre todo si le da por las letras…) pero seguro que le supone una gran ayuda para ser feliz. Y qué mayor riqueza que esa.

Hasta pronto, zafarache. No dejaré de leerte aunque te alejes de mis entrañas por unos meses.

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