La espera idealizada o cómo tener paciencia cuando todo el mundo te dice lo bonito que es el embarazo

Ya perdonaréis está ausencia prolongada. Me gustaría poder contaros que la crisis es historia y que España ya tiene gobierno, pero las cosas continúan en el mismo punto en el que las dejé y, a lo mejor por eso, no me ha apetecido comeros la cabeza durante estos meses contando lo mismo una y otra vez, dándole vueltas a una realidad política que ha terminado por hastiar al más fiel de los votantes. Así que no, hoy no voy a hablaros de política, sino de otra de las razones que me ha mantenido alejada de vosotros tanto tiempo: mi embarazo. Deseado, por supuesto, pero no por ello menos jodido. Muy contenta, claro, pero no por ello dejando de contar los días de que esto pase. Agradecida por las felicitaciones y las muestras de cariño, por descontado, pero no por ello menos harta de escuchar consejos acerca de lo maravillosa que es esta etapa. Sin ánimo de parecer una futura madre desnaturalizada (que tal vez lo sea, visto lo visto…) os diré, con el corazón en la mano, que estoy hasta el mismísimo moño de que todo el mundo, desde tus amigas a la panadera de enfrente, se sienta con el derecho adquirido de decirme lo que tengo o no tengo que hacer, lo que puedo o no puedo comer, lo que tengo o no tengo que comprar, lo que voy o no voy a necesitar… Desde que me convertí en el envoltorio de la pequeña Candela, mi vida se ha transformado en una maraña de consejos no pedidos y, peor aún, de amenazas veladas que te quitan las ganas de responder a cualquier pregunta, por inocente que parezca.

Si te preguntan: “¿Qué tal? ¿Cómo lo llevas?” Y a ti se te ocurre contestar: “bueno, bien, me duelen un poco las lumbares lo único”. La respuesta es: “Ufff. Pues espera. Si te duelen ya, no te cuento lo que te van a doler cuando tengas más tripa!” Si dices algo como: “Bien, pero hay que ver la de veces que voy al baño”. Te contestan algo así como “Pues espera, que cuando estés al final irás cada 20 minutos!” Si dices que te han crecido las tetas, te contestan que eso no es nada, que ya verás cuando parezcas una vaca lechera. Si te pones optimista y dices que estás contenta porque en los cinco meses y medio que han pasado te has engordado poco, te responden que no cantes victoria, que te queda lo peor, y si dices que duermes mal, te responden que tú todavía no sabes lo que es dormir mal, pero que ya te enterarás cuando nazca la criatura. Y todas esas perlas te las sueltan aderezadas con comentarios del estilo: “disfruta ahora de la vida en pareja porque luego ya no es lo mismo” o, mi favorita, “disfruta del embarazo porque es una etapa muy bonita”. ¿¿¿Cómo??? ¿¿¿¿Bonita??? Hiperventilas, pones cara de póker y acabas asintiendo con sonrisa forzada, porque no te sientes capaz de preguntar qué es exactamente lo que les parece bonito. No sabes si se refieren a los tres primeros meses, esos que te pasas con malas ganas y vomitando sin parar, o ya a después, cuando cambias los vómitos por los dolores de espalda, la barriga, la falta de sueño, las visitas constantes al baño, las estrías, las tetas gigantes y el cansancio eterno. Y todo esto sin poder beberte una triste copa de vino que te consuele.

Y eso que yo tengo que decir que he tenido suerte: el ginecólogo solo me recomendó que o no comiera embutido o bien me lo congelara antes, por aquello de la toxoplasmosis. El resto de cosas que no como me las han prohibido amigas y conocidas. Nada de carne o cualquier otra cosa cruda, ahumada o a medio hacer, cuidado con las verduras, frutas y ensaladas mal lavadas (como si de normal me las comiera directamente sacadas de la tierra…), ojo con los huevos, sobre todo si son de granja, y nada de queso sin pasteurizar (como si fuera fácil enterarse de si lo está o no). Ah! Y el embutido mejor lo dejamos, aunque sea congelado. Total, qué se sabrá el ginecólogo si él no se ha embarazado nunca. Y ya luego que te dejen comer de todo lo demás dependerá de cuánto aumentes de peso y de que no tengas la mala suerte de desarrollar diabetes gestacional, en cuyo caso entrará de nuevo en escena el médico para matarte de hambre durante toda la segunda mitad del embarazo. Aún así, y a pesar de todas las dolencias que te puedan ir surgiendo, (todas ellas normales según el médico) hay quien te dice que estás muy guapa. Yo agradezco el cumplido y trato de sonreír para zanjar el tema y evitar decir que no quiero saber cómo me veían antes si ahora de esta guisa me ven guapa. El otro día la que me dijo que me veía guapa también estaba embarazada. Igual tenía que haberle dicho que ella también lo estaba, pero me callé como una perra. Ya lo siento; no me pareció oportuno decirle que la veía fatal con ese tripón descomunal, esas piernas hinchadas y esas tetas de otro mundo. Pero tampoco era cuestión de mentir y decirle que la veía guapa, no?

En fin, a lo que iba, que me pierdo. Yo, de momento, como no quiero comenzar a ser una mala madre antes de hora, sigo los consejos y atiendo pacientemente a todo lo que me dicen con cara de interés, aunque realmente me la sople bastante la crema que cada una considere mejor para darle en el culo a su retoño. Pero bueno, gracias a las profusas indicaciones externas, he aprendido un montón sobre carritos de bebé, sillas, cucos, capazos, grupos cero, cunas, mini-cunas, cunas de viaje, hamacas y cojines de lactancia. También he incorporado términos nuevos a mi vocabulario -como isofix, hipopresivos o masaje perineal- y he aprendido a contar en semanas el embarazo en vez de en meses, que es la manera que tenemos los futuros padres de hacer que los que no son padres no nos entiendan y, de paso, hacernos los guays.

Con los que me cuesta más contenerme es con aquellos que me preguntan por mis gatos. Los hay en dos versiones. Unos te sugieren que tengas cuidado con ellos por aquello de la toxoplasmosis. A esos les explico que hace 10 años que tengo gata doméstica. Y que en esos años solo me ha faltado, para ser gráficos, chuparle el culo; así que si en todo ese tiempo, ni la gata ni el gato que llegó poco después, me han pasado la toxoplasmosis es porque, simple y llanamente, no la tienen. Y si no la tienen, difícilmente pueden hacer cacas que la contengan (y no voy a entrar en lo que tendría que hacer yo con esas cacas para que me la pudieran contagiar en el caso de tenerla porque acabo de almorzar y no merece la pena). La segunda versión es un poco más radical. Esos me preguntan qué pienso hacer con mis gatos cuando nazca la niña. Como si en vez de dos gatos tuviera dos panteras. De nuevo comienzo a hiperventilar, tengo que reconocerlo. La sola idea de que a alguien se le pase por la cabeza que debería deshacerme de mis gatos como si fueran un trasto viejo que ya tiene sustituto me pone violenta. “¿Y qué hiciste tú con tu primer hijo cuando nació el segundo? – le contesté al último que me preguntó por el tema- ¿Lo abandonaste o le buscaste un nuevo hogar porque ya tenías a otro para llenar ese espacio?”. Igual no estuve muy fina con la respuesta, puede ser. Pero oye, serán las hormonas, que ya se sabe que está revolución hormonal llamada embarazo no siempre saca lo mejor de nosotras… Eso sí, ¡estamos taaaaannnnn guaaaapaaaassss!!!!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Temas

  • Archivos

A %d blogueros les gusta esto: