No todos somos Jordi Évole

Hace unas semanas recibí una llamada de una chica que dijo trabajar para una cadena de televisión local. Me explicó que estaban haciendo un programa sobre comarcas y que las estaban visitando para grabar cómo se trabajaba y lo que se hacía en cada una de ellas. Me preguntó si había alguien que les pudiera explicar eso en mi comarca y si podíamos quedar para que vinieran un día. Yo le dije que por supuesto, que sin problema, y le pregunté si necesitaban hablar con algún técnico o algún político concreto. Me dijo que no, que solo querían conocer de cerca el trabajo que se hacía. “Bueno, pues entonces igual os valgo yo… Yo te puedo explicar lo que se hace en cada una de las áreas sin problema”, respondí. Y así quedó la cosa: concertamos el día, me lo apunté en mi tradicional agenda de papel sin la que no soy nadie y ya está.

A las 8 de la mañana del ‘día x’ volvió a llamarme la misma chica para recordarme que habíamos quedado a las 10 y preguntarme si sería posible hablar con la presidenta. Me pareció un poco raro que hubieran cambiado de parecer, pero como entre la primera llamada y esa había habido una crecida del Ebro en la que casi nos ahogamos todos, pues pensé que querrían preguntarle sobre eso y que a lo mejor el objeto del programa ya no era el mismo… “Pues no sé si la presidenta estará a las 10 de la mañana aquí porque lleva dos noches  y dos días en pie con lo de la crecida y demás, así que no tengo ni idea de si estará aquí cuando vengáis o no”, respondí. Por supuesto, como hasta ese mismo momento había pensado que podía atenderles yo, pues no le había dicho nada a mi jefa que, todo sea dicho de paso, no tiene nunca especial interés en hablar con los medios, ni en salir en fotos, ni en nada de esto.

Cuando aparecieron por la comarca la chica que había llamado (que resultó ser la cámara) y un chico (que resultó ser el redactor), mi jefa acababa de llegar, así que le expliqué la que yo creía que era la situación y ella no puso inconveniente a pesar de que se tenía que ir enseguida. Y así es como comenzó una entrevista borde y a degüello de algo más de media hora. No me malinterpretéis. No estoy queriendo decir que las entrevistas tengan que ser peloteras y con vaselina. No es eso. Lo que pasa es que el tipo preguntaba con un argumento preconcebido del que nadie era capaz de sacarle, fuera cual fuera la respuesta.

-¿Cuantos trabajadores hay en esta comarca?

-50 -respondía mi jefa.

-¿Y son todos funcionarios?

-No, son todos laborales excepto dos personas que son funcionarias.

Bueno, pues a continuación obviaba la respuesta y daba por hecho que había 50 funcionarios. Y así con todo.

Después de ir a degüello durante un rato, dejaron a mi jefa, pero vinieron a por mí:

-Parece que te llevas muy bien con ella, ¿no? -me preguntó en un tono malévolo.

-Sí. Efectivamente. Llevo 10 años trabajando aquí y me llevo muy bien con mi jefa, así es. ¿Y? -respondí.

-¿Y la conocías de algo antes de entrar aquí?-prosiguió.

-Pues no. No la había visto en mi vida. Nunca. Entré aquí con una oferta de empleo porque estaba apuntada a la Oficina del paro en ese momento. Y, después de eso y de hacer, creo, un buen trabajo, he superado dos procesos selectivos públicos, pero, aún así no soy funcionaria, sino que tengo un contrato laboral semejante al que se tiene en una empresa privada y que, por tanto, se puede rescindir mañana mismo si se quiere. -dije pensando que la explicación sería lo suficientemente clara como para que no siguiera por ahí.

Pero me equivoqué.

-¿Y eres afiliada al Partido Socialista? -preguntó con toda su jeta.

-Pues ni soy afiliada ni les he votado nunca. Pero en cualquier caso eres el primero que me pregunta eso en los 10 años que llevo aquí. -contesté con todo el aplomo del que fui capaz y a pesar de que de lo que tenía ganas era de pegarle un tortazo.

Y es que la imagen esa del periodista incisivo está muy bien cuando lo que se pregunta está basado en datos, en algo que pueda servir para rebatir si lo que te contestan no es cierto. Pero el ataque sin datos no es periodismo (y otras veces no lo sé, pero ésta garantizo que no había nada en lo que pudiera apoyar sus impertinentes preguntas).

Una cosa es que no todos podamos ser igual de buenos preguntando que Jordi Évole y otra muy distinta es que haya especímenes que denigren así el arte de entrevistar en particular y la profesión en general.

Por supuesto, de reportaje sobre el trabajo que se hacía en las comarcas no había nada de nada. Todo era una burda manipulación para conseguir declaraciones que apoyaran su tesis de que todas las comarcas eran unos entes inútiles en los que los trabajadores se tocaban los huevos a dos manos.

Pero lo peor de todo, lo que me da más pena, es el haberme tenido que sentir así con lo que yo consideré al principio compañeros.

Una pena que esta profesión cree monstruos que se aprovechan del poder que da tener un micro en la mano para seguir al pie de la letra el viejo dicho de “tú injuria, que algo queda”.

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