La ley del embudo

Estoy hasta el gorro, el moño, la coronilla, los ovarios, los cojones o hasta cualquier otro sitio, situado en la parte alta o baja del cuerpo, que exprese hartazgo y ganas de gritar que ya vale. Ya vale de pensar que somos gilipollas. Aunque tal vez el hecho de que nos comportemos como tal casi todo el rato, les da derecho a tratarnos como imbéciles a tiempo completo. Ese es otro tema, pero no nos desviemos.

¿Qué de qué hablo? Ay, ¡si solo hablara de una cosa!

Pues hablo, por ejemplo, de lo repugnante que resulta que Marianin y sus secuaces pretendan ahora imponer por ley el pensamiento único, ahogando a golpe de multa cualquier protesta que les pueda resultar incómoda. Qué tiempos aquellos en los se ponían detrás de la pancarta para protestar contra la ley del aborto, o contra el matrimonio homosexual o contra cualquier otra cosa que pudiera servir para desestabilizar al ya de por sí desestabilizado gobierno de Zapatitos. Pobres. Quien les iba a decir a ellos entonces que tendrían que abandonar a sus compañeros ‘provida’ de pancarta y verse obligados electoralmente a dejar por el camino su propia ley del aborto. Ay. Que me desvío del tema otra vez.

También hablo, por poner otro ejemplo, de esos curas, diáconos, párrocos, arzobispos, obispos y demás religiosos que llevan años adoctrinando al vulgo acerca de lo que está bien y de lo que está mal mientras dan rienda suelta a sus oscuras y asquerosas obsesiones sexuales. Parece que en la Santa Madre Iglesia lo único que se sigue a raja tabla es aquello de que ‘que tu mano derecha no se entere de lo que hace la izquierda y viceversa’. Pues eso. Que si hay que ocultar años de abusos y tocamientos, pues se ocultan. Y si hay que pagar indemnizaciones que compren silencios, pues se pagan.

Y también hablo, como no, de esos banqueros, políticos y altos cargos varios a los que se les llena la boca hablando de austeridad, de moderación salarial, de contención del gasto y de otras mierdas por el estilo mientras encuentran la manera de llevárselo muerto (me voy a bajar el salario base para que parezca que soy un ejemplo y ya encontraré la manera de subirme los complementos ¿verdad?).

Porque en este país, mires adonde mires, lo importante no es no hacer las cosas, sino que no se sepa que las haces (mal,claro). Lo fundamental es manejarse bien en lo que yo llamo la técnica del ‘doble rasero’ o también ‘ley del embudo’, que consiste en tener la habilidad de darle a los demás la parte estrecha del embudo mientras tú te quedas con la ancha. Eso sí, sin que se note, claro.

Y de expertos en ‘embudos’ en este país andamos ‘sobraos’, os lo digo yo.

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