La culpa es de la ‘jota’

Nadie puede negar que nuestros colegas franceses son unos expertos en el noble arte de manifestarse. Cuando les da por armarla, la arman, pero bien; sin medias tintas. Y lo mismo te montan un Mayo del 68 que una revolución de cágate lorito. En España somos de otra manera. Pero la culpa no la tienen los Pirineos; la frontera geográfica aquí no es más que eso, unas cuantas montañas para esquiar a gusto.

Tras mucho pensarlo, he llegado a la conclusión de que la responsabilidad de que los españoles no hayamos salido aún a incendiar sucursales bancarias ni a coger de la solapa a ningún politicucho de tres al cuarto (esto es, a cualquiera de los que tenemos) la tiene la jota. Pero no las jotas en bucle que ponen en nuestra todopoderosa tele autonómica (que esas también podrían ser…), sino la jota como letra del abecedario, la que va antes de la ‘k’ y después de la ‘i’.

Estaréis pensando que me he fumado algo y que relacionar el espíritu reaccionario de la gente con una letra del alfabeto es una ida de bola muy grande, pero, antes de sacar conclusiones precipitadas, os pido que os paréis a pensar en todo lo que descarga pronunciar el sonido ‘jota’. HiJos de puta de los coJones, Joder, qué panda de Gilipollas (que es con ‘g’, pero el sonido es el mismo). Después de una frase de estas características  o de todas las que pueden derivar de ella (que son una barbaridad…), uno se queda más tranquilo, sosegado, con menos ganas de enganchar a nadie del cuello y retorcérselo. Y todo es por culpa (o gracias, según se mire) a la ‘jota’. Porque uno no se queda igual llamando a alguien ‘tonto’, que ‘gilipollas’; ni un ‘idiota’ podrá llegar nunca a la categoría de ‘hijo de puta’, como mucho, si se esfuerza, conseguirá ser ‘tonto de los cojones’, que ya tiene algo más de empaque.

Y es que, volviendo al tema de los gabachos, teniendo que decir cosas como ‘Fils de pute’, ‘merde!’ o ‘putain’, es normal que no puedan descargarse a gusto y tengan que salir a liarla parda para canalizar su indignación. Pobres. Con lo cómodo y lo bien que nos viene a nosotros poder indignarnos en el sofá y cagarnos en todos los hijos de puta gilipollas que aparecen por la tele y desearles que les jodan por todas las partes posibles. Mientras, con una mano podemos sostener el mando o una cerveza (a elegir) y, con la otra, tocarnos los cojones (los ovarios no vale, que suena afrancesado…) Vaya diferencia. Dónde va a parar.

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