La fuerza de lo local

Últimamente, cada vez se oye más esa idea de que, si con la que está cayendo, este país no ha ardido ya, ya no podemos esperar que lo haga. Cada información es más grave que la anterior y cada político más chorizo que el que le ha precedido, pero todos seguimos narcotizados y, como mucho, aprovechamos las reuniones familiares o de amigos para despotricar a gusto un rato y acabar concluyendo que este país no hay quien lo arregle.

Y sí, es cierto que en esta España nuestra han ardido pocos contenedores y que, por mucho que intenten hacernos creer que los radicales de extrema izquierda se multiplican como coliflores en todas las manifestaciones, la ciudadanía española ha pecado en lo que va de crisis (y ya son años…) de una, vamos a llamarlo,  “exquisita educación” digna de los mejores colegios de pago (esos que segregan por sexos, digo perdón, esos que prefieren trabajar la educación diferenciada por género).

Yo hasta ahora pensaba que esta horchata en las venas, este pasotismo casi enfermizo de una sociedad civil a la que han hecho retroceder 30 años en sus derechos más fundamentales, se podía explicar con el argumento de que hasta el más desgraciado continúa teniendo algo que perder. Algo así como lo que decía hace unos meses Pérez Reverte: “el español es alguien a quien se le llena la boca diciendo que hay que hacer la revolución, pero, si ésta estalla, lo primero que hará será mirar por la ventana a ver si el coche que arde es el suyo”.

Pero tal vez no sea solo eso.

Tal vez lo que nos pasa es que, cuando el Consejo de Ministros saca la tijera y comienza a recortar, la cosa nos queda grande, nos parece etérea, pero, sin embargo, cuando ese recorte baja de las altas esferas y se materializa… que sé yo… en el cierre de nuestro centro salud, o en un parking (con el que se lucrarán los de siempre), pero que impedirá que aparque mi coche en la calle donde lo dejo todos los días, entonces la sangre comienza a bombear y pasan cosas como la de Gamonal, un barrio conocido para la mayoría hace dos días, pero solo un ejemplo de todas esas protestas pequeñas que logran impedir a diario muchas injusticias.

Tal vez muy pocos de estos revolucionarios de andar por casa merezcan la atención de los medios, pero cada pequeña gran protesta demuestra que cuando nos tocan lo local estamos dispuestos a atrincherarnos y a sacar las uñas y los dientes que tan a menudo tenemos escondidos.

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