Todos somos iguales… ante la tragedia

Cuando pasa algo como lo que pasó anoche en Santiago, siempre viene a mí el mismo pensamiento. Estamos hartos de oír que todos somos iguales ante la ley, lo cual no puede ser más falso. Todos iguales menos los inmigrantes, menos las mujeres solteras, menos las lesbianas… Y así podría seguir un rato. Ante lo que verdaderamente somos iguales es ante la tragedia. Porque cuando un tren descarrila poco importa si eres rico o pobre, lesbiana, casada, soltera, parado, de derechas o de izquierdas. Lo único que te puede salvar es la fortuna de no haberte sentado en uno de los vagones que ha llevado la peor parte. Lo demás, da igual. Y cuando digo lo demás me refiero a todo. Dan igual tus preocupaciones diarias, tus problemas, por gordos que sean. Todo salta por los aires en pedazos en tan solo unos segundos. Y entonces yo me planteo: no podemos vivir pensando que podemos encontrar la muerte o que nuestra vida puede destrozarse en cualquier esquina, en cualquier tren o en cualquier avión. Eso sería una tortura. Pero tal vez sí que podamos vivir preocupándonos menos por cosas poco importantes, por discusiones absurdas, por problemas que nosotros mismos nos creamos. Porque eso nos haría más felices. Y si la muerte te pilla por sorpresa es mucho mejor haber aprovechado el tiempo en intentar ser feliz que en amargarte la existencia.

Como se me está yendo la pinza con esto, voy a pasar a otra de las cosas que me lleva rondando por la cabeza desde esta mañana. Es la gente. Las personas que habitan este país que yo suelo decir de pandereta. Esas personas que de normal yo llamo individualistas y egoístas, incapaces de hacer nada por salvarle el culo al de lado si el suyo no está en peligro. Eso suele ser así, salvo en estas honrosas excepciones que, por otro lado, hacen que yo siga confiando en la raza humana. Gente que colapsa los bancos de sangre para donar la que haga falta, bomberos que abandonan la huelga porque saben lo que significa tener sentido de la responsabilidad, médicos y enfermeros despedidos que acuden a los hospitales o se van directamente a atender a la gente en el lugar del accidente, periodistas que no cobran que saltan de la cama porque saben que su deber es contar lo que está pasando.

Mientras, el Gobierno emite un absurdo corta y pega con unas condolencias y Renfe tarda tres horas en habilitar un teléfono para los afectados, lo que realmente me lleva a pensar que todos, por egoístas que seamos en nuestro día a día, podemos ser pequeños grandes héroes cuando las circunstancias nos lo exigen. Lo que no cambia nunca, sean cuales sean las circunstancias, es la imbecilidad de lo que nos gobiernan.  Héroes gobernados por imbéciles. Buen título para una novela. Negra, por supuesto.

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