“El periodismo necesita darle la vuelta a la almohada y encontrar el lado fresco”

Sentada en su sofá, abraza el cojín de Tonino, que murió en Navidad. No quiere tener más mascotas porque la verdadera soledad no la soluciona un perro. Pero sí los amigos. Los tiene repartidos por el mundo, dispuestos a protegerla en cada una de sus visitas, como siempre. Con sus amistades, su intuición y su suerte ha hecho de una chica que había crecido para que la dejaran preñada a los quince años una señora de setenta, periodista y escritora, con un rumbo más que bueno. La nena del Raval se convirtió en la señora de l’Eixample, eso sí, después de vivir en Beirut.

Maruja Torres es soberbia. Tiene mala leche e intolerancia hacia los estúpidos. Fumaba y bebía, mucho y bien, frente al Mediterráneo, pero atrás quedaron sus vicios de rockera. Su energía y sus ganas de dar guerra, sin embargo, siguen con ella, como si todavía fueran los 70 y estuviera en el Festival de la Isla de Wight, saltando a ritmo de Jimi Hendrix y Leonard Cohen.

Nunca ha querido casarse, ni tener hijos, ni siquiera un hogar fijo hasta que se ha visto mayor. Irónica, pero al grano. Habla con fundamento y con humor. Su género por excelencia es el reportaje. Le gustan las películas con grandes guiones, que explican en imágenes el peor de los adulterios y la mejor de las historias de amor. Sigue recordando el olor del clásico Oliver Twist de Dickens porque fue el primero de los muchos libros que ha leído y de los muchos que le quedan por leer, sobre todo en su ebook, indispensable para una de sus pasiones, viajar. Es tal la vehemencia que si no pudiera volver a hacer otra maleta más, no sabría si seguiría interesándole la vida. Sube a los aviones pensando que se van a caer porque así no sucede, porque todo lo malo le pasa por sorpresa. No toca madera, vive al día. Ayer escribió en Twitter: “El director de El País me ha echado de Opinión y yo me he ido de El País. Vienen tiempos muy duros, dice, pero también muy apasionantes.

Maruja-Torres-2009-Foto-©-Pere-Virgili-

Maruja-Torres-2009-Foto-©-Pere-Virgili-

¿Juan Luis Cebrián es “un quiero y no puedo, un cateto y un pijo sin conciencia”, como dijiste en el acto de inauguración del curso 2012-2013 de la Facultad de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona?

Sí. Eso me ha costado caro. No es normal decir la verdad. Tenemos que pensar en las consecuencias de nuestros actos y ese mismo día ya me preparé para lo que fuera.

¿Tenías esta opinión de Cebrián antes del ERE de El País?

Lo empecé a pensar mucho antes. Si eres un buen reportero, captas a las personas rápidamente. Vi que era un gran director, sobre todo cuando se arremangaba y bajaba a la redacción porque daba gloria. Pero luego se fue convirtiendo en un hombre de empresa. Empezó a mandar la economía, los socios, la jefa de personal, los acreedores y da pena ver cómo ha ido echando a la gente.

No me arrepiento de lo que dije porque me hizo reafirmarme. Había escrito un artículo, El perdón, con el que me refería a gente mayor de 50 años que parece no servir para la profesión, después fui a la UAB e hice una columna que se llamaba Los pobres, en la que hablaba del papel de los jefes. Sé que no me perdonará jamás que dijera que es una “sardinita de Wall Street”, pero es verdad, todos los negocios que ha hecho han sido ruinosos, pero es muy listo y lo ata todo muy bien para estar a salvo. Esto ya me lo venía venir. No ha sido por dinero, me han echado porque no me soportan. Querían darme cualquier cosilla y que me conformara. No con la hija de mi madre.

¿Crees que te has ganado muchos enemigos?

Me sentiría una fracasada si nadie me detestara. La verdad es que lo que escribo no me trae de cabeza, no hago caso, y eso que a veces pican fuerte, pero tengo las espaldas muy anchas. He aprendido que lo mejor es no leerlos e ignorarlos.

¿Ha cambiado mucho El País?

El del principio era bigotudo y barbudo, como si fuera el New York Times. Como lectora, El País de entonces era el mío, tenía todo lo bueno y lo malo de una redacción: intrigas, hostias y puñaladas traperas, jefes que te podían hacer la puñeta hasta extremos indescriptibles, pero también un periodismo al pie del cañón. Ahora ya no lo conozco mucho porque estoy en segunda fila; algunos le llaman el Enterprise, siempre hay que echarle combustible, es lo que tiene el medio digital.

Y el periodismo, ¿es como antes?

En realidad, me voy a morir haciendo lo que hacía cuando empecé. Vuelve el pluriempleo, aunque eso no quita que el periodista deba ser pagado con justicia y exigido con responsabilidad. Pero hoy en día llamas el sábado a la redacción y no hay nadie, hay gente que trabaja mucho mientras otros se rascan la pomme de terre.

Los periodistas de ahora no pueden ser optimistas. Este país no tiene arreglo, pero si no nos movemos, va a ser peor. En mis tiempos si escribías bien, se daban cuenta. El lector lo sigue notando porque no es imbécil, pero estamos ante un mercado de carne barata con gente joven que escribe muy bien y que, cuando les dejan, redactan un artículo sobre una carrera de bicicletas, pudiendo ser grandes corresponsales de guerra.

¿Qué hacemos los jóvenes frente a este panorama?

Cambiarlo. Si a vuestra edad no queréis cambiarlo, dime tú. Si os adaptáis, haréis como los que os han precedido. El periodismo necesita darle la vuelta a la almohada y encontrar el lado fresco.Se debe volver a los orígenes: al quién, qué, cómo, cuándo y por qué.No hace falta una revolución, qué Dios me libre, pero un capitalismo decente sí, de rostro humano y con ganas de ganar dinero contando la verdad.

¿Te consideras un referente periodístico?

Me la bufa. Hombre, yo creo que un par de líneas en una enciclopedia sobre periodismo en España sí que me las merezco. Que digan que yo introduje un estilo agudo con lo pop, lo cultural y la información. Sólo me importa lo que piense la gente que quiero, pero en realidad, cuando te vas a la cama sola por la noche, no estás pensando si eres un referente, piensas: “Hostia, qué bien que no me duele nada; qué bien se está en la cama, las sábanas están fresquitas, a ver si mañana me puedo despertar prontito”.

Mientras recuerda su trayectoria profesional, se menea el pelo, bebe agua y se acomoda en el sofá sin soltar el cojín. Una y otra vez las mismas cosas. Como si de una consulta se tratara, se tumba, mira el techo, se incorpora y se vuelve a tumbar en el sofá. Y ríe, ríe mucho. Todas las superficies de su salita están repletas de cosas porque así, viéndolo todo, organiza su propio desorden. Sin embargo, la habitación, de color arcilla, es cálida y acogedora y, como el resto de la casa, está hasta los topes de libros que vienen de todas partes y evocan todo tipo de viajes y aventuras.

¿Siempre viajas sola?

Toda la vida lo he hecho así. Me encanta esperar en el aeropuerto, subir al avión, pasar miedo, llegar y tener amigos. Tengo más amigos fuera que aquí. En Barcelona llevo una vida monacal: leo, paseo y hablo mucho por teléfono. Pero ahora he ido a Atenas para romper la pana. Siempre me dicen: “Qué vida más aburrida llevas en Barcelona, ¿no sales nunca?”, a lo que contesto que sí que salgo, cuando cambio de país. He vivido y he viajado mucho escribiendo reportajes aquí y allá. Me miras con extrañeza, como si fuera el paleolítico del periodismo, pero fue una época muy buena.

¿Cómo supiste que querías ser periodista?

Nunca lo supe, me vi haciéndolo. Era mecanógrafa y después secretaria, pero de batalla. Aprendí recogiendo, pasando el trapo en oficinas y huyendo de un dueño que me quería meter mano. Siempre fui a escuelas pobres, pero solo durante medio curso, tres meses… Lo máximo fueron dos cursos en un colegio de monjas toconas que te señalaban por pobre y por venir de un hogar desestructurado. Eso me dio mala leche y me hizo luchadora, así que tampoco me quejo.

De mecanógrafa, a La Prensa.

Fue un golpe de suerte. La Prensa era un diario flojillo pero muy entrañable donde aprendí las primeras armas. Sin título alguno, vieron que escribía bien y me dieron una columna diaria. Al principio no sabía ni cómo se escribía un reportaje, pero fui recopilando consejos. Hacía una página femenina diaria para una jefa que era lo más cursi del movimiento y me hicieron fija. Me espabilaba como podía porque nadie me ayudaba, pero era una redacción de esas a las que ibas cuando no tenías nada que hacer, para echar una mano. Fue mi hogar, hay que ser suicida. Allí encontré el sentido familiar de la redacción, además de buenas personas y algún que otro buen jefe.

¿Quizás cómo Carmen Kurt, la responsable de tu página?

Sí, ella fue quien me descubrió. Una amiga y una protectora. Faltaban cuatro años para que se muriera el Paco, no el del Vaticano, sino el otro, y le envié una carta a su consultorio, muy avanzado en aquella época.

Más tarde, Fotogramas también te sirvió de escuela.

Fotogramas era una revista de chismes y reportajes muy insólita que coleccionaba Blanca, la mujer del policía – ¡era de la secreta! [Ríe mientras lo susurra] Yo iba a su casa con la excusa de jugar con sus hijas, pero me sentaba en un rincón y leía los ejemplares de Fotogramas. Así aprendí a redactar, a saber dónde iban las comas. Tuve la astucia de entrevistar a Elisenda Nadal, la directora de Fotogramas, para la página femenina; pensaba que ella me contrataría de inmediato, no de lo bien que la había dejado, sino de lo bien que escribía. Y así lo hizo, pero para Garbo, prensa del corazón, que era de su madre, aunque poco a poco me fue dando colaboraciones para Fotogramas.

¿Te supo mal irte al Por Favor de Montalbán?

Los salarios eran como los de ahora, así que trabajando para Fotogramas y Garbo no llegaba al día 20. No podías decir que no a nada y si Manuel Vázquez Montalbán te dice en un ascensor: “Maruja, me gusta tu sentido del humor; ¿quieres trabajar en una revista con nosotros?”, aceptas, ¡por supuesto! Aquello suponía trabajar con Forges, Marsé…

En el 75 lo único que tenía era Por Favor. Cuando Franco mató a los últimos, me entró tal depresión que me largué a París, pero ni exilio político ni hostias. Tenía treinta años y no quería aguantar eso, ¡parecía que Franco no iba a morir nunca! Cuando llegué a la estación me dijeron que había muerto. “Qué oportuno”, pensé, pero me fui igualmente. Al llegar a París un amigo me dijo que aquello no era cierto, pero que estaba muy mal. Franco duró un mes y yo dos en París, los meses que más he bebido en mi vida, siempre celebrando que se estaba muriendo. ¡Fue un despelote!

 

Patricia Jiménez López. Publicado el 17 de mayo de 2013 en http://www.nuvol.com El digital de Cultura. Punt de Llibre.

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