Nueve años después

Hoy es uno de esos días en los que se conmemora un aniversario cruel; uno de esos días en los que todo el mundo recuerda qué hizo hace 9 años, cómo se levantó y cómo encajó lo sucedido. 

Yo tenía entonces 21 años y, aunque ahora me parece una tierna infancia, lo cierto es que ya era periodista y ejercía como tal en una agencia de noticias de Zaragoza.  Como era un poco menos masoca que ahora, solía levantarme con los 40 Principales como despertador. Algo extraño sucedió aquella mañana. La voz del locutor se escuchaba durante demasiado rato seguido y sonaba menos histriónica que de costumbre. Cuando el sueño dejó que centrara la atención y asimilara lo que estaba oyendo, abrí los ojos de golpe y salté de la cama. Atentado. Bombas. Trenes. Y 40 muertos de momento que iban a ir subiendo hasta no se sabía cuanto. Me vestí como pude y me fui corriendo a la redacción mientras escuchaba a Iñaki Gabilondo en el que más tarde se convertiría en su programa más duro.

Y recuerdo perfectamente como en el autobús sólo pude pensar una cosa: ‘No ha podido ser ETA. Porque si han sido ellos, se han vuelto locos, han perdido completamente el norte’. Cuando entré como una exhalación en la redacción ya había gente, pero todo estaba en silencio. Estaba hablando Otegi. Decía que ellos no habían sido. Y yo le creí. Le quise creer, a pesar de la regañina gratuita que me llevé de mi jefe: ‘Como se nota que eres joven y no tienes perspectiva. ¿Qué le crees? ¿Acaso este tío se ha ganado que alguien le crea? Por supuesto que han sido ellos. No hay duda’, me dijo. A continuación, apareció Aznar en la pantalla y pareció hablarme a mí y repetirme el mismo argumento que acababan de darme en persona.

Fue un día de esos que se te graban en la mente con letras fosforitas. Reacciones, condolencias y muertos. Y heridos. Y más muertos. Hasta alcanzar un 191 que desde entonces se asociaría con la tragedia.

Por la tarde, acudí puntual a mi cita con el oculista con las segundas ediciones de los periódicos debajo del brazo. Una pesadumbre inusual reinaba en la sala de espera. Nadie hablaba, sólo miraban de reojo el titular de portada. ‘Masacre en Madrid’, decía. Mientras me graduaba, el oculista aprovechó mi condición de periodista recién estrenada para preguntarme por lo sucedido: ‘¿Crees que ha sido ETA?’, me espetó. ‘Eso dicen –contesté mientras recordaba la cara de mi jefe- pero yo creo que no pueden haber sido ellos’, añadí atrevida.

Nueve años después sabemos que acerté, aunque eso no vaya a servirles de consuelo a las familias de las 191 personas que cogieron ese día su último tren. Lo que vino después fueron días convulsos, grises, de mentiras, de reacciones, días que marcaron un antes y un después en la historia de un país de pandereta que ese día murió un poco por dentro y hoy volverá a conmemorar un aniversario que sigue levantando ampollas.

 

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