El Papa dimite. ¿Y a mí qué?

Ayer por la mañana el papa decidió colgar las botas, tirar la toalla, jubilarse, pasar a mejor vida (ah no, esto aún no. Perdón). El caso es que desde que se conoció la noticia no hubo otra. Teles, radios, periódicos digitales (los impresos se quedaron pasadetes, al no recoger en sus páginas la noticia), redes sociales… Sin importar si el medio de comunicación en cuestión era más o menos progre, ni más o menos laico, todos dedicaron el resto del día a hablar de la jubilación del Papa Ratzinger.

A ver… Mi agnosticismo convencido no hace que sea tan cazurra como para no ver que la renuncia de la cabeza visible de la Iglesia católica es noticia y hay que tratarla como tal. Pero no es ni la única noticia ni desde luego la más grave. Si hay que atribuirle un mérito (o desmérito) a la Iglesia de Roma es la gran capacidad que tiene para no moverse, para mantenerse fiel a unos principios absurdos que mantiene fijos a pesar de los cambios en la sociedad. Las bases de las Iglesia están tan alejadas de los preceptos del Vaticano que cuesta creer que pertenezcan a la misma cosa, a la misma institución. Imagen Benedicto XVI

Que el jefe del Estado más rico de la Tierra predique la caridad y la pobreza es solo la primera de una larga serie de contracciones que convierten a la Iglesia católica en el paradigma de la hipocresía y del doble rasero.

Por eso, incluso para aquellos que dejamos hace años de comulgar con ruedas de molino, lo que verdaderamente sería noticia tendría más que ver con un cambio. Con investigar los miles de casos de pederastia y castigarlos como se merece, con dejar de marginar a la mujer y reconocerle el derecho a decidir sobre su cuerpo independientemente del dinero que tenga, con abogar por el uso de métodos anticonceptivos que impidan que millones de personas mueran cada año víctimas del SIDA, con apoyar la labor de los misioneros y de todas aquellas personas que entienden la fe como un servicio a los demás y no como una manera de hacer política, con entender que nadie es menos hijo de Dios por enamorarse de alguien de su mismo sexo…  Un cambio que sin duda no se va a producir. El Papa ha dimitido, pero su renuncia no servirá para que se publiquen ninguna de estas verdaderas noticias que acabo de enumerar. Después del martillo de plata, la destrucción del anillo y el sello papal, el cónclave, la fumata blanca y el habemus Papam, llegará otro chavalín de 70 años para arriba dispuesto a velar desde su jaula de oro porque nada cambie.

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