Animalillos huérfanos

Llevo muchos días esperando, pero finalmente he tirado la toalla porque creo que no va a volver.Todas las mañanas, desde hace algo más de dos años, al ir a buscar el coche de camino al trabajo, escuchaba el gruñido de unas ruedas sobre los baldosines móviles e inestables de la calle Agustina de Aragón. Ya no me hacía falta girarme. Sabía que el ruido provenía de un carrito de la compra empujado por una señora de mediana edad, que avanzaba despacio y sin prisa descansando su peso sobre el asa del carro. No era la única que no necesitaba mirar atrás. Como yo, los animalillos del descampado cercano aguzaban el oído ante el lastimoso rechinar de las ruedas del carro. Sabían que había llegado la hora de desayunar.

A mitad de camino, la mujer metía la mano en el carro y lanzaba al aire unos cuantos puñados de maíz mientras las palomas envolvían su figura. Segundos después, avanzaba hasta el descampado, volvía a hurgar y esparcía pienso de colores antes la atenta mirada de una pequeña multitud de gatos que esperaba paciente a que la mujer se alejara para comenzar a hacer la comida de la jornada.

Y así día tras día. A la misma hora y en el mismo lugar. Todos los días, observaba al pasar, con una media sonrisa en los labios, como la señora del carrito acudía puntual a su cita con los asustadizos animalillos del Gancho, a los que el hambre obligaba, poco a poco, a vencer el miedo y la desconfianza que les produce todo lo humano.

Hasta que un día, al regresar de mis vacaciones de verano, no escuché las ruedas del carrito. Miré el reloj, pero era la misma hora de siempre. Luego miré la repisa al pie del descampado para ver si los restos de agua o pienso me indicaban un adelanto en la hora del desayuno. Nada. Tampoco había rastro de la pequeña multitud gatuna. Pensé que, tal vez, la señora del carrito se había tomado también unas merecidas vacaciones, pero, si es así, éstas comienzan a ser demasiado largas.

Dos meses después, sigo sin escuchar su paso lento y chirriante. Alguna mañana, algún gato curioso se asoma desde el descampado y me mira con cara interrogante, como si quisiera preguntarme si sé algo de lo suyo, de su señora, de su carrito, de su desayuno… Pero nada. Ni un solo gruñido perturba el silencio de las mañanas.

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