Un día muy especial

Este año no me despedí antes de irme de vacaciones, algo que tiene sus cosas buenas, porque ahora no tengo por qué decir que vuelvo si nunca me he ido… Bueno, aunque, siendo honestos, he de decir que, efectivamente por motivos vacacionales varios, he tenido el blog especialmente abandonado, así que voy a hacer propósito de enmienda (como decían los curillas de mi cole) y voy a intentar escribir más desequilibrios. Que no es que tenga menos que antes, eh? Lo que pasa es que no tengo tiempo de escribirlos y luego se me olvidan, que es otro de los rasgos característicos que tenemos los desequilibrados.

Precisamente para que no se me olvide, hoy quiero compartir contigo algo que escribí para la boda que tuve el sábado, la de Diani y Néstor. Coincido con vosotros en que las bodas pueden llegar a ser un auténtico coñazo en según qué circunstancias, pero también hay veces que las personas que se casan no solo viven el día de forma intensa, sino que lo convierten en un día especial para todos los que los quieren y están allí. Y os garantizo que si el disfrute que se hace del día es proporcional a lo que se quiere a los novios… entonces, en este caso, hubo pocos que disfrutaran más que yo (y digo ‘pocos’ por no creerme más que las madres y padres de los novios, que siempre ponen la piel de gallina con su felicidad contenida).

Es esto lo que intenté transmitir en el texto que les escribí y que os dejo aquí. Espero haberlo conseguido, pero, por si acaso, os digo desde aquí que el sábado me hicisteis sentir muy afortunada por tener amigos como vosotros. Gracias por ser como sois.

Néstor y Diana

Hoy estamos aquí todos por casualidad. Decía John Lennon que la vida es aquello que te pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes. No me malinterpretéis, no estoy queriendo decir que Néstor y Diana tuvieran otros planes para hoy y se hayan tenido que conformar con éste. No es eso.

Pero sí que os aseguro que fue una casualidad que aquel primer día de clase de universidad, allá por el año 1999, yo me pusiera a hablar con una chica que se llama Aldara y que está hoy por aquí. Esta chica llamada Aldara es de Castellón y resulta que tenía algún amigo en común con una tal Diana, una chica que me presentó al acabar la clase y a la que yo no tardé en caer regular por las continuas pestes que echaba hacia los catalanes en general y hacia el catalán en particular.

Pero, casualmente también, tanto Diana como yo habíamos alquilado una habitación en unos pisos de estudiantes en Cerdanyola, así que, de nuevo el destino, hizo que esa primera mañana de Universidad las dos cogiéramos juntas un autobús hacia nuestras respectivas casas. ¿Y que tenían que hacer dos niñas de 18 años esa tarde en un pueblo en que el no conocían a nadie? Pues nada. Absolutamente nada. Por eso, decidimos hacer nada juntas y quedamos esa tarde a tomar una horchata en un bar, que resultó llamarse ‘El Gaucho’ y que, más tarde, se convertiría en un sitio cotidiano. Nuestra primera horchata fue bastante bien, a pesar de que a mí no me gusta mucho la horchata y de que a ella, según me dijo unos años después, le parecí un poco rara. Pero seguíamos estando solas en ese nuevo mundo, así que decidimos que era una tontería ir al día siguiente a la Universidad por separado siendo que podíamos ir juntas.

Esas fueron las primeras cosas que hicimos juntas. Desde entonces, han pasado 13 años y, tal vez no haya habido muchas horchatas, pero sí muchos buenos momentos.

(-Mirándola a ella-)  Y es que antes de conocerte, tenía todavía la idea de que a los amigos de verdad ya los tenía y no los iba a cambiar nunca por nada. No sabía que iba a tener que hacerle un sitio vitalicio a una de las mejores. De hecho, quiero que sepas que tú fuiste la razón principal por la que no me largué a Madrid a seguir con la carrera. Sabía que allí sería más fácil aprobar porque entendería mejor las clases, pero que difícilmente encontraría otra amiga como tú.

Pero como me estoy poniendo xorrosa y no quiero, voy a seguir con las casualidades. En el verano del primer año de carrera, mi amigo Néstor me dijo en el pueblo que se venía a estudiar a Barcelona al curso siguiente y que, tal vez, podríamos quedar algún día. (-Mirándolo a él-) La verdad es que no pensé que fueras a llamarme, y no porque nos lleváramos mal, sino porque no era lo mismo estar en cuadrilla en Sástago que quedar solos en Barcelona. Pero lo hiciste. Y quedamos una tarde en Plaza Cataluña. Yo, sin mucho convencimiento, le dije a Diana que viniera conmigo. Y no estaba convencida porque creía que no os ibais a caer bien. Me equivoqué.

Pero en mi defensa he de decir que tampoco fue un amor primera vista. (-Mirándolos a los dos-) Os caísteis bien, sí, pero durante mucho tiempo nada más. Como a Néstor los tuppers de su madre le llegaban para sobrevivir hasta el miércoles aproximadamente, los jueves comenzó a venir a Cerdanyola a comer con nosotras, una semana en mi casa y otra en la tuya.

Y fue una semana como otra cualquiera cuando después de haber comido y pasado la tarde en mi casa, os fuisteis; Diana a su casa y Néstor a coger el tren para volver a la suya. O eso creía yo. Pero no. A la mañana siguiente, cuando fui con mi disquete a imprimir la práctica de radio en la impresora de Diana, resultó que Néstor había perdido el tren a su casa, pero había cogido otro mucho mejor. Era marzo de 2001.

Después de que surgiera el amor, nos fuimos a vivir juntos. (-Mirando a los invitados-) Sí, sí, los tres, que yo no tenía la culpa de que ellos se hubieran liado y la cosa de compartir piso en Barcelona estaba hablada de antes. Fueron dos años de convivencia intensa en el piso de la tía Alicia, esa casera a la que solo vimos una vez en persona, pero a la que teníamos siempre presente gracias al álbum de fotos de su boda, que tan amablemente había dejado en el piso para regocijo de inquilinos y visitantes varios.

Y la carrera se acabó, pero lo vuestro no, así que la Diani se vino a Tarragona y ya no se ha movido más que de visita.

Y así llegamos a hoy, un día que es, en el fondo, fondo, fruto de ese primer día de clase y la casualidad más bonita que ha me ha pasado nunca. Solo os deseo que sigáis siendo igual de felices que hasta ahora.

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Comments
2 Responses to “Un día muy especial”
  1. Ay, la meua novieta, qué xorrosa que se pone!! Gracias a vosotros por ser así y estar ahí siempre. Y para continuar coleccionando momentos, animaros a venir para el Pilar o, por lo menos, que sea pronto!!

  2. Diana dice:

    No lo había visto hasta hoy!! Muchas gracias Esther, por todo, por tus palabras, por ser una amiga de verdad, por compartir tantos momentos juntas, por estar ahí también ese día tan mágico para nosotros y porque aunque nos separen unos cuantos kilómetros sé que continuarán habiendo muchos más momentos juntas. Para lo bueno y para lo malo, sabes que estoy (estamos) ahí.

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