Tontos como borregos

Esto indignada. Pero no indignada a lo 15-M, sino indignada de verdad. Y aunque no quiero entrar aquí haré un inciso para decir que no sé si los del 15-M estaban indignados de verdad o de mentira, pero deduzco que se han debido deshinchar. Porque si cuando saltaron a la palestra tenían muchas razones para indignarse, ahora aún tienen más, muchas más, y todavía no he visto a nadie acampando en las plazas. Y que conste que yo apoyé ese movimiento por espontáneo y por el estallido de libertad que suponía. Pero no entiendo que casi un año después, ese movimiento de principios inconformistas haya degenerado en un adormecimiento sin precedentes de la sociedad.

Como digo, ha pasado casi un año y las cosas han cambiado, pero a peor. El paro ha seguido subiendo a la misma velocidad que la prima de riesgo, que la desconfianza de los mercados y que el precio de la gasolina (por decir el precio de algo como ejemplo). Bajo la premisa de que “la situación es límite, y, por tanto, hay que ajustarlo todo” nuestros derechos laborales se han retrotraído tres décadas, nuestros impuestos han subido, la justicia ha pasado a ser para quien pueda pagarla, igual que los abortos, con una nueva ley, que recuerda a la de hace 30 años, pero con el sello de Gallardón, que desde que se ha quitado la careta de ‘progre ‘ con la que nos engañó, está que no hay quién lo pare.

Y pensaréis que todo esto que digo no es de hoy, que ya hace días que se sabe y que, por tanto, no se entiende a qué viene tanta indignación repentina. Pues viene a que todo lo antes citado podría tener una justificación en aras de la necesaria salida de la crisis. Hasta una persona de izquierdas convencida como yo es capaz de entender ciertos recortes económicos y ciertos ajustes presupuestarios con los que los afectados, evidentemente, nunca estarán de acuerdo. No se me escapa que en una situación de crisis no todo tiene la misma importancia y, por tanto, priorizar es fundamental.

Mi cabreo viene evidentemente cuando descubres que el Gobierno tiene una única prioridad: joder siempre a los mismos. Me indigna profundamente que el 60% de la población de este país cobre menos de 1000 euros al mes y que el 40% de los jóvenes no tenga trabajo, pero,  en cambio, son ellos (nosotros), los únicos afectados por los recortes en unos presupuestos pensados única y exclusivamente para los que más tienen. ¿Qué eres un chorizo millonario que no ha declarado en su vida un euro en España? No te preocupes, si traes la pasta aquí haremos como que no hemos visto nada y encima te aseguramos el anonimato.  Sí, sí, si yo dejo de pagar una multa me sacan en el BOE, pero si eres un chorizo con clase te garantizan discreción. Olé.

La cosa no termina aquí, claro. El tema de los presupuestos da para cabrearse muchas veces y por muchas cosas distintas. Las tres áreas que más disminuyen su presupuesto (bueno, quitando el tema de la cooperación, que directamente desaparece) son Educación, Servicios Sociales, Sanidad y Ciencia. Esto nos garantiza futuras generaciones de borregos analfabetos, auténticos dramas familiares relacionados con personas dependientes, una sanidad de calidad sólo para el que pueda pagársela y una fuga masiva de cerebros a otros países en los que sí se valore la investigación. Además, la renuncia a invertir en I+D nos ata más si cabe al modelo del ladrillo, el mismo modelo productivo que nos ha hecho caer en esta crisis.

Sin embargo, ya he dicho que el secreto estaba en priorizar. No todo son recortes. A la Casa Real le han descontado un irrisorio 3% de su presupuesto (y eso que este año cuentan con un miembro menos). Al Rey puede quitarle mucho el sueño el desempleo juvenil, pero cuando se está por encima del bien, del mal y de la ley, la cosa debe verse con más tranquilidad.

Y la rehostia viene ya cuando se topa con la Iglesia, que se libra de todo tipo de recorte. A la Iglesia no se le ha aplicado ninguna reducción por la crisis.

Anualmente, el Estado  (central, autonómico y local) entrega ala Iglesia Católica 11.000 millones de euros, libres de impuestos (vía directa o mediante desgravaciones), a través de diversos conceptos.  Y esto sólo son los datos que se conocen, pues la Iglesia Católica, por los acuerdos durante La Transición Española, no está obligada a rendir cuentas, y de ahí su opacidad.

Esto sale a una media de 250 euros por habitante, sea o no creyente. Vamos, que resulta que si la Iglesia tributara como todo currito de a pie (IBI, IVA, impuesto de Patrimonio…) y no se la subvencionara, como sería de esperar en un Estado que se dice laico, no habría que reducir los presupuestos en educación, ni en Servicios Sociales, ni en Sanidad, ni en Ciencia…

Y a mí lo único que se me ocurre ante esta priorización tan absurda es pensar que eso es lo que se quiere. Que seamos como borregos; tontos, analfetos y manipulables. Adormecidos…

Vaya, se me estaba ocurriendo un símil con las procesiones de Semana Santa… pero lo voy a dejar para otro día, no vayamos a herir sensibilidades, que en estas fechas están a flor de piel…

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