El sonriente patrón de los periodistas

Queridos desequilibrados y desequilibradas que me léeis,

Tengo que deciros que hoy es, ni más ni menos, que San Francisco de Sales. Como la mayoría de vosotros os habréis quedado igual, añadiré que hoy es el patrón de los escritores y periodistas, algo que me la traería más bien floja, dado lo devota que soy, si no fuera porque hace un rato he decidido buscar quién narices era este señor y cuáles fueron sus méritos para obtener tal título.

Mi jefa me suele decir que ‘no hay periodista bueno’ y hoy me he dado cuenta de que debe estar en lo cierto porque no han conseguido encontrar a un tío con méritos para ser Santo que fuera, a la vez, periodista. Vamos, que no sé de qué nos quejamos si aquí hasta el patrón estudió derecho en vez de periodismo…  Eso sí, el tío murió joven, a los 56 años, o sea que para dedicarse a la vida contemplativa le daba mucho al tarro (porque sino no se entiende…) Y lo mejor de todo es que también es considerado el Santo de la amabilidad (que digo yo, amabilidad y periodismo no siempre encajan mucho, pero bueno, si la Santa Madre Iglesia lo dice…)

Vamos, que me ha costado entender por qué narices nos habían puesto un patrón que no era periodista, llevaba una vida ejemplar y, encima, era amable, pero, como casi siempre, la respuesta al misterio estaba al final: resulta que el día que la palmó le sacaron de la vesícula nada más y nada menos que 33 piedras. Y, a pesar de semejante pedregal, dicen que siempre tenía el rostro sereno y una sonrisa en la boca. Vamos, que el hombre debía ser de los que le pone al mal tiempo buena cara, ¿no? Pues por eso lo debieron hacer nuestro patrón porque, como nosotros, era un hombre de lo más sacrificado y no demostraba nunca lo que le dolía por dentro.

Nosotros igual. A nosotros nos duelen nuestros ERES, nuestras reducciones de plantilla, nuestra explotación, nuestras condiciones laborales de risa (o de llanto, más bien), nuestras presiones y coacciones, nuestro intrusismo, nuestros horarios inacabables, nuestra conciliación familiar inexistente, nuestros sueldos limosneros. Nos duele todo eso. Pero, mientras hablamos y escribimos de cuando todas esas cosas les pasan a los demás, la profesión de la eterna crisis oculta sus vergüenzas tras un rostro sereno y una sonrisa de resignación.

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