Adiós, mi amigo

Jueves, 1 de enero de 2004

Querida Naya:

Siempre se quieren las cosas de un modo especial cuando se pierden. O tal vez lo que pasa es que te das cuenta de lo que las quieres en cuanto las pierdes. En cualquier caso, el dolor que te produce querer lo que no puedes tener te lleva a hacer cosas impredecibles. Precisamente la “impredecibilidad” de lo que hice ayer me lleva a comenzar a escribir una especie de diario justo hoy, y muy a mi pesar, porque Dios sabe las veces que me he reído de mi inefable hermana por escribir sus desamores en un trozo de papel. Y en cuanto al nombre…  pues… te llamo Naya porque una vez leí un libro en el que la protagonista se llamaba así y siempre me ha parecido que sonaba bien.

Bueno, creo que lo mejor será comenzar por poner en orden mis ideas. Ya que he empezado a escribir un diario, lo mejor será hacerlo bien, como mandan los cánones, así después podré centrarme detenidamente en lo que sucedió ayer y describir los motivos que me han llevado a estar delante de un ordenador contándole mis penas a alguien que no me puede responder. Comenzaré por las presentaciones: me llamo Lucía y este año me voy a convertir en una más de los cientos de licenciados en Derecho que escupe esta ciudad cada año. Elegí esta carrera porque sí, mitad por inercia (mi abuelo y mi padre son abogados) y mitad por contentar a mi madre, que tenía como una de las máximas ilusiones de su vida que su hija mayor llegara a la universidad, aunque sólo fuera para poder tener en el salón una foto enmarcada en la que saliera con toga y con ese estúpido birrete.

Mis padres están separados desde hace un par de años, aunque eso ya no la hace a una especial ni diferente porque últimamente los matrimonios “para toda la vida” parecen haberse dado cuenta de que para siempre resulta ser demasiado tiempo. No sé bien porque digo esto, porque, en el fondo, me considero una romántica empedernida, pero claro, supongo que el romanticismo se termina, y el amor a veces tampoco es suficiente para aguantar durante el resto de tus días a un energúmeno que ronca como una locomotora y pesa al menos 50 kilos más que el día de la boda.

Todo esto no son más que conjeturas mías porque, desde luego, no estoy casada. Y ni siquiera tengo novio. A decir verdad, lo tuve un día, pero fue él quién no consiguió aguantarme demasiado tiempo. A él le debo realmente el estar en este momento aquí, escribiendo, devanándome los sesos para sacar todo lo que pienso antes de que me explote dentro. Y es que creo que si Javi no me hubiera dejado, nada de esto estaría sucediendo. Mi historia con él se remonta hace muchos años, quizá demasiados. Éramos tan sólo un par de quinceañeros cuando nos dimos el primer beso. Desde entonces, han pasado siete años de idas y venidas, de “ni contigo, ni sin ti”. Ahora hace un par de meses que me dejó por última vez, porque “necesitaba pensar en nosotros y no me quería hacer daño” ¡Ja! Ahora resulta que no me quiere hacer sufrir, eso sí que es bueno… De verdad, creo que si pudiera juntar todas las lágrimas que he derramado por él en siete años acabaría con los problemas de agua de este país entero. Y no quiero decir con esto que él sea el malo de esta relación, o, al menos, no lo es desde el principio. Porque recuerdo que la primera vez, sólo la primera, lo dejé yo. Eso sí, teníamos 17 años. Tardamos sólo unos meses en volver a las andadas, y, después, siempre ha sido él quién me ha dejado una y otra vez. Entre medias, ha habido muchas chicas es su vida y algún que otro chico en la mía, pero, al final, algo irrefrenable nos hace volver a tropezar en la misma piedra. Tarde o temprano, acabamos volviendo el uno al otro con renovadas promesas de amor eterno que a veces duran tan sólo una noche. Y todo porque él no tarda en decir esa fatídica frase que odio con todas mis fuerzas cuando sale de su boca:

-“Mañana amigos y ya está, ¿verdad?”

-“Verdad” –respondo yo a la vez que me esfuerzo por sonreír y dejar lo de llorar para más tarde.

Y, cuando me despido de él, exultante por fuera, pero deshecha por dentro, mi berrinche siempre lo suele aguantar la misma persona. Sin importar dónde esté, ni la hora que sea, cojo el teléfono móvil y marcó el número de Miguel. Él me abraza, me consuela, y me repite una y otra vez que Javi sólo me quiere a mí, y que se acabará dando cuenta algún día. Y es que Miguel es para mí alguien perfecto, alguien sin fallo alguno. Atento, comprensivo, cariñoso, guapo, simpático… es tan, tan perfecto, que me resultaría imposible enamorarme de él. Las chicas siempre decimos que todos los chicos son iguales, pero, si eso es así ¿por qué nos enamoramos siempre del más difícil de conseguir?

Pensándolo bien, Miguel sí tiene un fallo, y muy grande además: aparte de ser mi mejor amigo es también el gran amigo de Javi. Y, como te puedes imaginar, el estar en medio de una pareja que tan pronto se quiere como se odia, le ha traído más de un quebradero de cabeza. Pero, sin duda, ninguno tan gordo como el de hoy. Después de lo que pasó anoche, soy capaz de imaginarme a Miguel solo en su cuarto, inmerso en sus pensamientos, debatiéndose entre guardar el secreto o contarle a su mejor amigo que ayer se fue a la cama con la chica que, se supone, más le ha importado a Javi desde que tenía 15 años… Sí, querida Naya, sí, no sé si fue la Nochevieja, el alcohol o algo que tenía que acabar pasando algún día, pero ayer Miguel y yo nos acostamos.  No sé por qué lo hice. Bueno o tal vez sí que lo sé y me dé miedo reconocerlo. El solo hecho de pensar que lo hice por venganza hace que se me forme un nudo el la boca del estómago y se me llenen los ojos de lágrimas. He sido capaz de utilizar a nuestro mejor amigo para intentar que Javi se sienta como yo me he sentido durante todos estos años. Quiero que se sienta traicionado, solo, humillado… quiero recompensarle en una sola noche todos los años que ha estado jugando conmigo.

Te estarás preguntando por qué deseo hacerle daño si se supone que lo quiero. Pues porque ya no puedo más. Ayer pensé, cegada por el alcohol, que si me iba con Miguel le haría a Javi el suficiente daño como para conseguir que me odiara. Porque creo que sólo cuando me odie, sólo cuando muestre hacia mí una profunda indiferencia, podré ir dejando de quererle poco a poco. Si no, sé que el resto de mi vida será como los últimos siete años, un “ni contigo ni sin ti” que nunca nos llevará a ningún sitio…

Miércoles, 14 de enero de 2004

Querida Naya:

Nunca pensé que recurriría por segunda vez a ti, que volvería a abrir este documento en el ordenador con idea de seguir escribiendo en vez de borrarlo. Pero así son las cosas. Parece que este año nuevo que ha comenzado se ha quedado muy lejos de todos esos buenos deseos que se suelen poner en las postales de Navidad.

Todo va de mal en peor. Mi madre le vocifera por teléfono a mi padre todos los insultos imaginables. Yo siempre había pensado que las broncas entre mis padres se terminarían con la separación, pero no sabía cuánto me equivocaba. Lo único que ha cambiado es que ahora en vez de discutir por asuntos domésticos, lo hacen por nuestra pensión de manutención, por los bienes gananciales, por los papeles del divorcio… en fin, prácticamente, más de lo mismo. Mientras, mi hermana se encierra en su cuarto con la música a todo volumen para no oír a mi madre gritar. A veces creo que me gustaría parecerme un poco más a ella. A sus 16 años, su máxima preocupación es tener un teléfono móvil cerca para poder contactar con sus amigas en todo momento. Pero todo lo demás parece darle igual. Hace mucho tiempo que consiguió rodearse de una coraza que impide que le afecte nada que no tenga que ver directamente con ella. Quiere ser modelo, y se enorgullece plenamente de estar dispuesta a hacer “cualquier cosa” para conseguirlo. Cambia de novio con la misma facilidad que cambia el color de sus uñas y le encanta rodearse de gente importante que pueda servirle de “trampolín” para iniciar su ansiada carrera en el mundo de la moda y el “glamour”. En los últimos dos años, no he visto asomar en ella ni un indicio de sentimiento afectivo por nadie, ni siquiera por las que se supone que son sus inseparables amigas. Supongo que debe ser la edad, y deseo con todas mis fuerzas que el paso de los años le endulce un poco el carácter.

Pero lo peor, lo que más me preocupa en este momento, tiene que ver con lo que sucedió en Nochevieja entre Miguel y yo. Nada ha vuelto a ser lo mismo entre los dos. Nuestras conversaciones son frías y distantes. Él se siente tremendamente culpable por haber traicionado la confianza de Javi y parece haberle dado la espalda a nuestra amistad. Y en cuanto a Javi… todavía no sabe nada. Miguel no ha querido decírselo, y yo no me atrevo a mirarle a los ojos para decirle que lo he hecho todo por hacerle daño, que estoy haciendo todo lo posible porque me odie, por odiarlo yo también, pero que, a pesar de mis intentos, lo quiero con locura. Me gustaría olvidar la noche con Miguel, actuar como si nada hubiera pasado, pero mi regla lleva ya tres días de retraso y me devano los sesos a cada minuto intentando recordar cada detalle de lo que pasó. Pero es inútil. Mis recuerdos se entremezclan y dan paso a pequeñas lagunas mentales que hacen que me sea imposible recordar si en algún momento corrimos algún tipo de riesgo innecesario. Y tampoco me atrevo a preguntarle por miedo a preocuparle más de lo que está. No quiero ahondar más en la herida de una noche que significó cosas muy diferentes para cada uno de los dos.

 

Jueves, 22 de enero de 2004

Querida Naya:

Creo que once días son más que suficientes. A decir verdad, creo que pueden parecer una eternidad cuando estás callando algo que te atenaza la boca del estómago día y noche. Tengo exámenes. Pero no he conseguido todavía abrir ni un solo libro. En vez de estudiar, hoy he decidido confiar en alguien. Necesitaba contar toda la historia o corría el riesgo de que esto acabara totalmente con mi estabilidad emocional y con mis nervios.

He llamado a Elena, esa amiga fiel que lleva años aguantando pacientemente todos mis disgustos y también todos mis vaivenes amorosos. Ella es mi mejor amiga, la versión femenina de lo que Miguel ha sido hasta ahora. Aunque realmente no se parecen en nada. Elena rara vez me dice lo que estoy deseando oír. Por eso, mientras  Miguel ha estado asegurándome todos estos años que Javi me quería y que algún día volvería para quedarse conmigo definitivamente, Elena ha invertido el mismo tiempo en intentar convencerme de que olvidarme de él era lo más sensato. Siempre ha sido menos doloroso creer a Miguel y, por eso precisamente, ha sido a él y no a Elena a quién le he contado siempre todos los detalles de mi historia con Javi.

Pero hoy no podía recurrir a Miguel, porque él es precisamente una parte importante de mi problema. Por eso ha sido Elena la primera persona en escuchar que hace once días que mi regla tenía que haber venido, pero no lo ha hecho. No ha podido disimular la sorpresa cuando le he contado lo que pasó con Miguel en Nochevieja. Tras escucharme y hacer verdaderos esfuerzos por aparentar tranquilidad, ha bajado a la farmacia y me ha comprado una prueba de embarazo. Después le he dicho que se fuera a su casa, que prefería hacerlo sola y que la llamaría en cuanto tuviera el resultado. De eso hace media hora, pero todavía no he reunido el valor suficiente para abrir el envoltorio de la maldita prueba. No consigo asimilar que, si da positivo, mi vida dará un giro de 180 grados en tan solo unos segundos. Por eso estoy aquí, escribiendo, sabiendo que cabe la posibilidad de que esté embarazada, pero también puede que no lo esté. Y sólo esta última posibilidad hace que consiga mantener la calma.

Jueves, 5 de febrero de 2004

Querida Naya:

Después de mucho esperar, el maldito cacharro adquirió un color indefinido que no  me hizo salir de dudas, así que me quedé sin saber si mi retraso se debía a un embarazo o a cualquier otra causa. Elena me convenció para ir al centro de Salud a pedir hora para unos análisis, y hasta hoy no he sabido el resultado. Ha dado positivo. Estoy embarazada de cuatro semanas y no sé qué hacer, no lo asimilo, no sé a quién contárselo… Elena dice que lo primero que tengo que hacer es llamar a Miguel porque “por suerte o por desgracia”, según sus propias palabras, él también es responsable de lo sucedido y, como tal, tiene derecho a saberlo. Supongo que tiene razón, pero no alcanzo a comprender en qué va a cambiar la cosa cuando se lo diga. Seguiré estando embarazada por error de alguien que no es el chico al que quiero sino su mejor amigo.

Todo esto ha sido un error, un lamentable error que no sé cómo solucionar. Si ni siquiera sé qué hacer con mi vida, ¿cómo voy a ser capaz de traer a un niño a este mundo? Conozco a una chica que abortó y no es una idea del todo descartable, pero ¿es justo impedir a eso que crece dentro de mí llegar a ser alguien algún día sólo porque yo no soy capaz de asumir mis errores y cargar con las consecuencias? Ya sé que antes quedarse embarazada a los 22 años no era nada del otro mundo, pero ahora… y dada la situación…

Lo único que he decidido hasta ahora es que voy a llamar a Miguel. Quedaré con él y se lo contaré todo. Al fin y al cabo, él no sólo es la otra parte implicada, también es, a pesar del distanciamiento de este último mes, ese amigo inseparable que siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado. Seguro que él sabe lo que debemos hacer o, al menos, eso espero.

Domingo, 8 de febrero de 2004

Querida Naya:

Parece que empiezo a ver la luz al fondo del túnel. Hablé con Miguel. A él se lo he contado todo en esta vida, y siempre ha tenido un don para saber tranquilizarme. Pero no por lo que me dice, ni por cómo me lo dice. Es su propia persona la que irradia tranquilidad. Las cosas de extrema importancia no parecen tan graves cuando se las cuentas a él. Y ni siquiera esta vez fue diferente.

No hizo falta explicar mucho, en cuanto abrió la puerta de su casa y me miró a la cara supo que algo pasaba. Algo que no tenía nada que ver con mis eternos lloros por Javi. Algo realmente importante. Estuvimos muchas horas hablando, pensando en lo que debíamos hacer ahora. Al final, llegamos a una conclusión fundamental en la que ambos nos mostramos de acuerdo: nos queremos mucho, muchísimo, pero nuestra historia sólo tiene cabida para la amistad, aunque sea la amistad eterna y verdadera. Lo que pasó entre nosotros fue un error, una confusión, algo que tal vez no tenía que haber pasado, pero que trajo consigo unas consecuencias imborrables. Pero aunque nosotros no lleguemos nunca a ser pareja, aunque yo continúe perdidamente enamorada de otro, ninguno de los dos se ve capaz de negarle la vida al fruto de aquella noche que tal vez no debiera haber existido. Por eso, vamos a seguir adelante. Ninguno de los dos había planeado esto, pero las cosas hay que asumirlas como vienen. Vamos a tener un niño y, aunque nuestro hijo no vaya a tener unos padres casados o que duerman juntos, va a tener unos padres que se quieren con locura y eso, y de esto hablo por propia experiencia, quizá sea lo más importante de todo.

Lo que te acabo de contar no debe ser demasiado fácil de entender, porque todo el mundo ha puesto el grito en el cielo. Mis padres creen, y por una vez están de acuerdo, que, dadas las circunstancias, lo menos que podría hacer sería casarme con el padre de la criatura. Ya sabes, una boda precipitada y aparentemente por amor, para no dar mucho que hablar a los vecinos. Me pregunto si ellos, que fueron los inventores de lo “políticamente correcto” y del “quedar bien”, se habrán parado a pensar alguna vez que lo que “no dieron que hablar” casándose como mandaban los cánones lo compensaron con creces con sus broncas continuas y con su sonado divorcio.

Como te decía, nadie se lo ha tomado bien y todos han expresado su desacuerdo, como si todo el mundo tuviera derecho a opinar y vetar lo que Miguel y yo hemos decidido hacer con nuestra vida. Por ponerte un par de ejemplos, te diré que Elena piensa que estoy hipotecando mi futuro, arruinando mi carrera y mi vida en general. Ya sabes que de ella no podía esperar que dijera lo que quiero oír si no lo piensa así. Y en cuanto a Javi… desde que Miguel le contó lo que había pasado, no hemos vuelto a saber nada de él. El teléfono de su casa comunica día y noche y en el móvil sólo se escucha el buzón de voz. Lo conozco lo suficiente como para no pensar que le haya podido pasar algo. Sé que cuando se enfada puede estar días desaparecido, sin ver a nadie y sin que nadie sepa dónde está. Pero hay algo dentro de mí que piensa que a lo mejor esta vez es diferente, que tal vez lo hayamos perdido de verdad, para siempre. El solo hecho de pensar que cabe la posibilidad de que no se le pase, que tal vez no quiera volver a verme nunca, hace que me derrumbe por completo. Pero, aún así, no me arrepiento de la decisión que he tomado. Quiero a este niño y quiero que su padre sea Miguel. Y ya sé que las cosas no deberían haber pasado así, pero ya es tarde para volver atrás. Sólo espero que Javi pueda llegar a perdonarme algún día.

 

Martes, 10 de febrero de 2004

Querida Naya:

La ley de Murphy dice algo así como que “cuando piensas que las cosas ya no pueden empeorar, empeoran”. Y, por desgracia, tiene razón. Todo lo que te he contado hasta ahora, incluido mi embarazo, es una nimiedad si lo comparo con lo que ha pasado. Miguel ha tenido un accidente de moto y está muy grave. Ayer salió a dar una vuelta como casi cada día. Las motos siempre han sido su pasión, y hace poco más de un mes que invirtió todos sus ahorros en una Honda 750 de segunda mano. Había llovido mucho y el asfalto estaba mojado, pero nadie sabe lo que pudo pasar. Cuando lo encontraron estaba al final de un terraplén, inconsciente. La moto se había partido en dos, y él… Dios mío, ni siquiera recuerdo el cúmulo de cosas que han enumerado los médicos. Su madre no podía apenas hablar cuando ha llamado para contármelo. He corrido al hospital sin saber lo que me iba a encontrar, preparándome para lo peor, pero mis peores pensamientos se han quedado cortos. En el mejor de los casos, Miguel nunca volverá a caminar, pero los médicos no nos han dado muchas esperanzas de que salga de ésta. Yo me repito una y otra vez que no puede ser, que los médicos son así de pesimistas para curarse en salud, pero que realmente existen más esperanzas de las que se empeñan en repetir.

Él tiene que vivir, no puede dejarme sola, porque sin él a mi lado yo no valgo nada. Ahora lo necesito más que nunca, sin él no seré capaz de salir adelante… Con él me siento capaz de enfrentarme al mundo, pero sin él no. Sin él todo se derrumba. Sin él nada tiene sentido.

 

Miércoles, 11 de febrero de 2004

Querida Naya: Miguel se ha ido. Se ha ido y me ha dejado sola. Esta tarde he ido a verle. Cuando he entrado en la habitación no he podido evitar que el corazón me diera un vuelco de nuevo. Por mucho que se intente, nadie es capaz de acostumbrarse a ver a un ser querido postrado en una cama rodeado de tubos y goteros. Estaba consciente. Cuando he entrado ha abierto los ojos y me ha mirado y, una vez más, su mirada tranquila y serena me ha dado fuerzas para hablar sin que apenas me temblara la voz. Le he dicho que no se preocupara, que todo iba a salir bien y que no me pensaba separar de su lado. Con voz débil, casi ininteligible, me ha dicho: “Lucía, siempre has mentido muy mal, sabes que a mí no me puedes engañar”.

De repente, todo ha empezado a ir mal. Ha cerrado los ojos y su respiración ha empezado a entrecortarse. He llamado al médico al borde de la desesperación. Cuando estaban a punto de hacerme salir de la habitación, la mano de Miguel ha presionado levemente mi mano. Como si agotara sus últimas fuerzas, me ha dicho: “Siempre estaré a tu lado para que sigas adelante”. La enfermera ha tirado de mí para que saliera de la habitación. Diez minutos después, un médico ha abierto la puerta y me ha dicho una fatídica y desgastada frase que me ha roto el alma: “Lo siento mucho, no hemos podido hacer nada”. He oído como alguien detrás de mí rompía a llorar. Al volverme, he visto a Javi, derrumbándose en una silla desconsolado. Me he acercado a él llorando, sin saber qué decirle. Él repetía incansablemente que no podía ser, que ni siquiera se había podido despedir de él. Me ha mirado sepultado bajo un velo de lágrimas y me ha abrazado muy fuerte, casi con desesperación. Pero ni siquiera el abrazo con sabor a reconciliación de mi amado Javi ha conseguido aliviar un ápice el profundo dolor que me ahoga cada vez que pienso que Miguel, mi eterno amigo Miguel, se ha ido para siempre.

Por suerte, me queda algo más que su recuerdo. Hay algo que crece dentro de mí que siempre llevará una parte de él. Nunca pensé que algo tan terrible pudiera pasar, pero, de haberlo sabido, hubiera hecho mil veces lo que hice esa noche. Porque no fue un error. El destino, la casualidad, o lo que sea, ha querido que Miguel no muriera del todo a los 24 años. Y yo soy la encargada de hacer que esa parte de él llegue a nacer dentro de ocho meses. Sé que será duro, pero también sé que, desde alguna parte, él se encargará, como siempre, de cuidar de mí.

La poesía no es lo mío, pero hoy quiero concluir con un pequeño poema dedicado a ese Miguel que ya no estará al otro lado del teléfono para escuchar mis problemas.

Luna plañidera de opaca luz

rompe el silencio de su voz.

Acompaña con tu mirada

la marcha de su figura en la noche.

Y deja que Dios maldiga esa tarde

donde el sueño se hizo dolor,

donde la muerte perdió el pulso con la vida,

y donde el mundo quedó vacío

de gracias, de risas y de alegría.

Adiós mi amigo, a Dios entregas tu alma,

Mientras, a nosotros nos queda tu sombra,

lo alto de ti, tu piel aceituna,

lo espigado de tu figura

y lo grande de tu persona.

Adiós mi amigo, adiós amigo mío.

deja tu alma libre,

al cuidado de la luna,

deja tu corazón a los recuerdos de la tierra

y deja tu imagen, tu alegre imagen,

a los que miran las estrellas.

 

Siempre tuya: Lucía

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

  • Temas

  • Archivos

A %d blogueros les gusta esto: