Todo en nada

Inés mordía con fuerza su labio inferior mientras miraba pensativa la blanca pared de su despacho. Se moría de ganas de levantarse con dirección al despacho de al lado. Cualquier excusa hubiera valido, pero las preguntas tontas se le habían consumido ya aquella mañana. Finalmente, se levantó de la silla con decisión y asomó la cabeza por la puerta del despacho de Luis.

-¿Quieres un café? –preguntó esforzándose en mostrar indiferencia.

-No… Son casi las 2, un poco tarde para cafés, ¿no crees?

Si Inés hubiera sido un perro hubiera escondido el rabo entre las piernas antes de alejarse en dirección a la máquina de café. –Joder… tampoco a mí me apetece, pero sino va a darse cuenta de que lo del café sólo era una excusa para interrumpirle…-pensó mientras se obligaba a dar un sorbo.

Regresó a su despacho intentando pensar en las facturas que tenía que cuadrar. No había manera. Desde el mismo día en el que Luis había entrado en esa oficina proveniente de la sucursal de Barcelona, ella sólo podía pensar en la manera de hacerle perder la cabeza.

Todo había empezado como un juego, como un capricho, más bien. A pesar de que Luis no era para nada el tipo de chico en el que Inés se habría fijado, el contacto laboral prolongado había despertado el morbo. Pero él no era un objetivo fácil y el hecho de que no hubiera caído en sus redes a la primera de cambio la enervaba a la vez que servía para alimentar su espíritu de superación. Inés no estaba acostumbrada a que ningún hombre se le resistiera y estaba dispuesta a hacer todo lo posible para que eso siguiera siendo así.

Mientras Inés enrollaba el pelo entre sus dedos absorta en sus pensamientos, Luis trataba de concentrarse en los números sin demasiado éxito. La cara de Inés acudía constantemente a su memoria y por mucho que a ella le demostrara toda la indiferencia de la que era capaz, cada vez que la veía venir contoneando las caderas sentía un deseo casi enfermizo. Trataba de convencerse de que era una niña y de que, a sus 25 años, era imposible que se hubiera fijado en un cuarentón como él, casado, con un hijo y con otro en camino. Sin embargo, la forma en que le miraba y las insinuaciones constantes no sólo le hacían pensar justo lo contrario, sino que hacían que la situación comenzara a ser insostenible. Se repetía constantemente que quería a su mujer, pero nunca en sus diez años de matrimonio había experimentado una sensación de atracción similar por otra mujer.

-¿Nos vamos ya? Es la hora… –dijo Inés mientras irrumpía en su despacho.

-Sí, ahora mismo, dame un minuto –respondió mientras su mirada se desviaba ligeramente hacia las piernas de Inés, enfundadas en una corta falda.

Tal vez la idea de empezar a compartir coche para ir hasta el trabajo no había estado tan bien. Ahora tenía que pasar una hora diaria en un atasco intentando reprimir a cada instante las ganas de besarla.

-¿Me estás escuchando? –preguntó ella con una mueca de fastidio. Aurora no puede ir al congreso de Sevilla de este fin de semana, así que al final iré yo en su lugar. ¿No es estupendo que al final te libres de ir con esa bruja?

No era la idea de librarse de su jefa durante todo el fin de semana lo que le había paralizado, sino la certeza de saber que esos días serían una prueba de fuego a la vez que un calvario permanente.

Una vez en su casa, Inés le daba vueltas y vueltas a lo del viaje a Sevilla mientras apretaba sus cosas para que cupieran en la maleta. Sabía que no necesitaba toda aquella ropa, pero nunca se sabía lo que podía pasar. Estaba nerviosa. Lo cierto es que él la ponía nerviosa. Se sentía observada, como si todo lo que hacía o decía, él lo procesara y lo almacenara en su cabeza. Creía que él la estaba empezando a conocer demasiado porque sus observaciones siempre daban en el clavo y odiaba ser tan transparente porque eso hacía que se sintiera vulnerable.

Bajó las escaleras absorta en sus pensamientos, en los mismos pensamientos de los que últimamente no se podía librar ni de noche ni de día. No creía estar enamorada o, al menos, prefería pensar que Luis era sólo un capricho pasajero del que terminaría por olvidarse.

Cuando salió a la calle, él ya estaba esperándola en el coche. Después del saludo de rigor, Inés comenzó  a quejarse de la forma más convincente de la que fue capaz:

-Y ahora hasta Sevilla… vaya marrón de última hora me ha caído con esto de que Aurora no pudiera venir.

Él le dio la razón mientras sonreía un poco entre dientes, lo que hizo que Inés pensara que se había dado cuenta perfectamente de que estaba encantada con la idea del viaje en pareja.

Mientras tanto, Luis pensaba en la razón por la que no le había dicho a su mujer que se iba con Inés a Sevilla y había mantenido a su jefa de acompañante hasta el último momento. Se había auto-convencido de que no iba a pasar nada y de que la iba a tratar exactamente como lo que era: una compañera de trabajo con la que había una buena relación profesional y personal. Llevaba semanas haciendo continuos esfuerzos por alejarla, intentando hacer ver que era ajeno a la situación. Pero cuando parecía que lo conseguía, cuando ella se ofendía y le pagaba con la misma moneda, él corría a recordarle lo guapa que estaba o le regalaba los oídos con comentarios similares hasta conseguir llegar a la misma situación de antes:  “a un tira y afloja” que no le hacía sentirse cómodo, pero lo prefería, porque la otra opción era olvidar lo que sentía y eso todavía no sabía cómo hacerlo.

Llegaron a Sevilla sobre las nueve de la noche. – Me cambio y vamos a cenar algo por ahí, ¿vale? –preguntó Inés con cara inocente.

La habitación del hotel era preciosa, pero Inés estaba demasiado ocupada para fijarse en eso. Todos sus esfuerzos se centraban en meterse en una camiseta tipo corsé que había traído para la ocasión. Sabía que si pasaba algo entre ellos la situación se complicaría aún más, y se repetía una y otra vez que era preferible mantener esa situación que tener que ver como él se arrepentía de lo sucedido y acudía corriendo a los brazos de su mujer resarciendo con regalos su culpa. Había acudido a amigas en busca de consejo y todas habían coincidido en lo mismo: debía estarse quieta y no meterse en medio. Y es que nunca había tenido tan claro que un lío de una noche empeoraría la situación porque, pasara algo o no, tendrían que continuar viéndose todos los días. Pero, aunque se repetía todo esto sin cesar, no podía evitar las ganas de besarle cada vez que lo tenía delante y, aún sabiendo que era lo peor que podía hacer, deseaba vivir el momento con intensidad, aún sabiendo que las consecuencias no se harían esperar.

Cuando bajó a la recepción, él la estaba esperando con una ropa informal que contrastaba con el traje que ella acostumbraba a verle todos los días. Sólo la barba cuidadosamente afeitada y el olor a colonia cara delataban que tras su despreocupada apariencia se ocultaba una selección meticulosa de cada detalle. Cenaron en una mesa apartada de un restaurante normal. La complicidad que había entre los dos era patente, pero no conseguía que ninguno de los dos se olvidara de lo que había detrás. Luis estaba decidido a no dar el primer paso, y, aunque en el fondo deseaba que lo hiciera ella, confiaba en que no se atreviera. Sólo así conseguiría llegar a casa con la conciencia tranquila. Inés seguía estando nerviosa. Se sentía como una estúpida por reírse como una tonta con cada comentario que él hacía. Ella nunca había dado el primer paso estando con un chico, pero estaba dispuesta a ponerle las cosas fáciles para acabar definitivamente con esa tensión sexual. Habían dejado de importarle las consecuencias y había decidido ir a por él. – Estoy soltera y sin compromiso y sólo se vive una vez. Qué narices… -pensaba mientras se llenaba una vez más la copa de vino. Sabía perfectamente que él estaba casado, pero al fin y al cabo ése era su problema y ella no estaba dispuesta a preocuparse por una mujer que ni siquiera conocía.

Volvieron al hotel con los efectos del vino de la cena en pleno apogeo.

-¿Tienes sueño? -preguntó Inés con cara de no haber roto un plato.

–Sí, un poco. Además mañana tenemos que madrugar, así que deberíamos irnos a dormir pronto –respondió él convincente.

-Vale, pues nada. Te espero mañana a las ocho en punto en el hall. Buenas noches –dijo ella al mismo tiempo que metía la llave en la cerradura.

Inés cerró la puerta y se dejó caer en el sillón herida en lo más profundo de su orgullo. “Definitivamente, pasa de mí”-pensó mientras se levantaba a ponerse el pijama. Oyó un ruido. Alguien estaba llamando a la puerta con los nudillos.

-Me fumo un cigarro contigo y me voy a mi habitación –dijo Luis con una sonrisa en los labios cuando ella abrió.

En medio de su asombro, Inés sólo acertó a articular un tímido “vale, pasa”. La conversación duró exactamente cinco cigarros. Fue entonces, al acabar su quinto cigarro casi consecutivo con los anteriores, cuando Luis se levantó para marcharse. Por su cabeza sólo pululaba una idea: si se quedaba no iba a poder reprimirse y el angelito bueno de su conciencia le repetía una y otra vez que huyera de allí mientras todavía estuviera a tiempo. Cuando ella lo acompañó a la puerta, se acercó y la besó en la mejilla antes de marcharse sin decir nada más.

Inés cerró la puerta, se llevó la mano al pómulo que él había besado y, por un instante, no supo muy bien qué pensar. En medio de su confusión, decidió llamar a su amiga Elena, que ya estaba enterada de la existencia de Luis y de la evolución extraña de su relación laboral.

-¿Y dices que te ha dado un beso en la mejilla? –bramaba Elena al otro lado del teléfono- Eso es realmente horrible, quiere decir que te ve como podría ver a su hermana pequeña o, peor aún, como a su hija, aunque, mirándolo bien, por edad podrías serlo…

-A lo mejor está empezando a sentir algo por mí, pero está hecho un lío y piensa en su mujer…

-¿Pero tú te oyes? Estás fatal. Un tío nunca diría que no a echar una canita al aire con una tía como tú que, además, se lo está poniendo en bandeja. Así que una de dos: o es gay, que todo puede ser, aunque no creo teniendo en cuenta las circunstancias, o pasa de ti totalmente –sentenció Elena convencida.

Mientras tanto, Luis había conseguido dormirse, pero volvía a tener el mismo sueño recurrente de muchas noches. Soñaba con ella, soñaba que la besaba y que la abrazaba con todas sus fuerzas, como si se le fuera a escapar. Era real, tan real que al despertar recordaba siempre cada detalle de su beso y le parecía notar todavía el olor de su colonia, como si ella hubiera estado allí y acabara de salir por la puerta en el mismo instante en el que él había despertado.

Se levantó de la cama esforzándose por no pensar, deseando estar en otra parte y no tener que verla a cada instante y, al mismo tiempo, vistiéndose deprisa para ver si le daba tiempo a invitarla a un café antes de que comenzara la primera reunión del día.

Al llegar a la gran sala donde se celebraba el congreso, ambos se situaron, como por casualidad, en uno de los extremos de la última fila. –Así podré salir a fumar de vez en cuando –se justificó él. El sitio elegido resultó ser el ideal para hacer todo tipo de comentarios en voz baja sin llamar demasiado la atención. Inés se acercaba al oído de Luis más de lo necesario, con una estudiada estrategia de susurros que estaba consiguiendo que Luis se pusiera muy nervioso. La jornada no fue laboralmente útil, ya que ambos parecían más dos colegiales en pleno tonteo que dos profesionales del mundo financiero.

A la hora de comer, se sentaron con un grupo de gente, todos ellos conocidos de otras sucursales de Barcelona, pero esta vez su complicidad no se desvaneció. Inés no podía explicar lo que sentía cuando él la miraba, era algo así como una mezcla extraña de nervios y deseo. Por fin sabía lo que quería decir el tópico ese de las mariposas en el estómago. Tal vez Elena tuviera razón y él no sintiera absolutamente nada, pero a ella la ilusionaba pensar que había una atracción especial y una complicidad mutua. A veces tenía el impulso de hablar con él de lo que sentía, pero el temor a que él no sintiera lo mismo y la tomara por una niña estúpida y enamoradiza siempre podía con ella. Al fin y al cabo, pensaba, mientras la historia estuviera inmersa en el limbo del silencio, podía haber marcha atrás porque lo que no se cuenta no existe y, mientras no le reconociera a nadie lo que realmente sentía, la historia no sería real del todo y no dejaría de ser un tonteo que no preocupaba lo suficiente siquiera para hablar de él.

La segunda noche en Sevilla prometía más que la primera o, al menos, eso pensaba Inés, que sacó del armario su artillería pesada y se puso su vestido de guerra. “Si esta noche no pasa nada –pensó- voy a tener que empezar a apoyar la teoría de Elena. Empezaré a pensar que es gay”.

Después de cenar con los compañeros decidieron salir a dar un paseo. Los dos se sentían cómodos juntos, podían hablar durante horas sin darse cuenta del paso del tiempo y habían forjado una amistad en pocos meses a la que todavía no habían encontrado el límite. Por eso, tanteaban a menudo la situación sin saber muy bien dónde estaba el tope y si, una vez encontrado, querrían sobrepasarlo. Aunque sólo fuera una vez.

Cuando volvieron al hotel, a Luis no le apetecía separarse de ella, pero sabía que si entraba en su habitación estaría perdido. Se tenía por un hombre reflexivo y calculador y, aunque él no era consciente de ello, nunca se había regalado una locura porque creía que, a largo plazo, las locuras traen consecuencias irreparables. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Inés, él le dio un abrazo. Ella no respondió. En vez de abrazarlo, se acercó, le dio un beso en la mejilla y le dijo en voz baja. “Buenas noches. Mañana te veo”.

Él volvió a su habitación algo desconcertado, sin saber muy bien el motivo de su reacción. Mientras, Inés pensaba que había hecho lo correcto. De repente, le había entrado miedo sin saber muy bien por qué. Creía que él hubiera estado dispuesto, esta vez sí, a pasar la noche con ella, pero había visto el arrepentimiento en sus ojos. Él no era hombre de aventuras ni de “canitas” al aire y, en cierta manera, ella había visto que se sentía culpable por lo que iba a hacer. Inés sabía que no podría soportar convertirse en un problema para él. No quería acostarse con él para ver al final el arrepentimiento en su cara. No quería escuchar a escondidas cómo él se metía al cuarto de baño ocultando el móvil y, una vez allí, llamaba a su mujer para recordarle lo mucho que la quería.

El viaje de vuelta a Barcelona fue tranquilo y lleno de conversaciones intrascendentales. Luis tenía ganas de llegar porque sabía que cuando dejara de compartir con ella las 24 horas del día la situación mejoraría. O al menos eso esperaba. Pensaba llevar al cine a su mujer. Luego, cenarían en un buen restaurante y volverían a casa dando un paseo. Sabía que su mujer no se merecía lo que estaba pasando y él estaba dispuesto a que la historia con Inés siguiera siendo meramente platónica, aunque sabía que en más de una ocasión se vería tentado a quebrantar esta decisión.

Mientras Luis cenaba con su mujer, Inés escuchaba música en el sofá de su casa abrazada a un cojín. Es curioso el significado que puede adquirir una simple canción cuando la escuchas con la intención de regocijarte en tu propia miseria. Inés sabía que ese CD, que él le había grabado y regalado hace unas semanas, hurgaba un poco más profundo en la herida, pero no podía evitarlo, siempre había tenido ese punto masoca. Cuando el CD se acabó, decidió llamar por teléfono a su amigo Juan. Él no sabía nada de la historia con Luis, pero ahora le apetecía contársela. Juan se presentó en su casa una hora después dispuesto a animarla. Inés sabía que él sabría qué decirle. Siempre lo sabía. Porque Juan tenía una extraña cualidad. Le podías estar contando el problema más serio del mundo, pero a su lado nada parecía tan grave. Inés encontraba en él una tranquilidad que sólo se consigue cuando alguien te conoce casi tanto como una misma. Una vez más, él le hizo ver la situación desde otra perspectiva.

-No creo que sea para tanto. No pasa nada porque te atraiga una persona, es lo más normal del mundo. Disfruta de lo que estas viviendo y no pienses en nada más. ¿Por qué siempre quieres forzar las situaciones? Si no ha pasado nada a estas alturas, a lo mejor es porque los dos os sentís bien así, metidos en un juego sin consecuencias que puede que no lleve a ningún sitio, pero que os gusta a los dos, por mucho que tú, como siempre, te las quieras dar de víctima sufridora.

Una vez más, Juan tenía razón. Ella nunca se había llegado siquiera a imaginar una relación con Luis, pero la atracción que existía entre ambos la había llevado a pensar que la cosa tenía que ir a más y, a lo mejor, su relación estaba bien así. Sin tocarla. Tal vez el tonteo acabara algún día sin más. Tal vez no. En cualquier caso, el ir a trabajar se había convertido en algo un poco menos duro que de costumbre y tal vez sólo eso era razón suficiente para seguir con un juego que, por otra parte, no tenía nada de malo si se sabía controlar.

Cuando al día siguiente Luis recogió a Inés en su casa para ir a la oficina, ella estaba radiante, más contenta que de costumbre. Él no sabía por qué, pero le gustaba verla así. Estaba tan guapa cuando se reía…

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Comments
2 Responses to “Todo en nada”
  1. Gracias!! Contigo da gusto, que además de leértelo todo, te gusta (o al menos eso dices, pero yo creo q tienes un poco de amor de primo…) Llevaba un tiempo dudando si colgarlo o no porque a mí no me gusta mucho, pero bueno… A ver cuando tengo tiempo y retomo lo de los relatos.

    Besicos!!

  2. Jorge dice:

    Me ha gustado. Y mucho.
    Quiero más…

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