Polos opuestos

No sé si vosotros, a veces, cuando vais por la calle, os entretenéis mirando a la gente e imaginando, en base a lo que veís, cómo es su vida. Es un juego divertido, aunque  bastante incompleto, porque nunca llegas a saber si tus suposiciones son ciertas.

El otro día ví en un bar de copas a una pareja, un chico y una chica; jóvenes, muy jóvenes, yo diría que no sobrepasaban los 20 años, o tal vez menos.  Creo que no se conocían desde hace demasiado, porque sus gestos mutuos todavía no habían alcanzado la seguridad que te proporciona el tiempo y, sobre todo, porque no dejaban de besarse. Sus cuerpos eran como los polos opuestos de un imán y, aunque intentaran separarse de vez en cuando, no podían resistir la atracción durante demasiado tiempo. Hablaban entre besos, no alcanzaba a escuchar sobre qué, ajenos por completo a todo lo que tenían a su alrededor.

A mí, sinceramente, me dieron mucha envidia, porque se besaban como si cada beso fuera a ser el último, con el ansia de cuando has probado esa boca pocas veces y con la indeferencia de no querer saber cuántos ojos te están observando.

Me queda la duda de si esas cosas se dejan de hacer con la edad (quiero decir, si es el cumplir años lo que hace que te comience a importar quién te mira y esas cosas) o es la rutina lo que, bien acaba con ellas, o bien las reserva para la intimidad.

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