¿Por dónde empiezo..?

Todo sucede en un hospital. Un hospital cualquiera de una ciudad cualquiera. En una planta de maternidad, que siempre es la única parte de un hospital en la que la pesadumbre que se respira deja paso, de vez en cuando, a un grito de vida en forma de llanto de bebé. Aún así, es en los hospitales donde solemos caer en la cuenta de la fragilidad del hilo que separa la vida de la muerte.

En esta sala de espera de una planta de maternidad cualquiera encontramos a Manuel, un futuro padre primerizo al que ya no le quedan más uñas para comer. Lleva allí una media hora, la más larga de su vida, y ni siquiera es capaz de percatarse del frenético baile que su pierna repite nerviosa sin descanso.

A tan solo unos metros, está Ismael, con la relativa tranquilidad que da el haber pasado por esa misma sala de espera en los partos de sus dos hijas. Su ligero nerviosismo va unido al deseo, hasta ahora nunca expresado en voz alta, de que esta vez el destino le traiga un varón.

Justo a su lado, se encuentran Silvia y Roberto, que esperan con ilusión y una pizca de envidia el nacimiento de su sobrino.  Ellos llevan un par de años intentando tener hijos, pero de momento la cigüeña se resiste a hacerles una visita que ellos desean con todas sus fuerzas.

En medio de la tensa espera, se encuentra un niño de unos 4 años. Su movimiento y sonoridad ha ido aumentando en la última media hora, y lo que comenzó suponiendo una leve molestia se ha convertido en los últimos minutos en impertinencia. El niño sube y baja de las sillas, corre de un lado a otro y grita, grita sin parar con una voz aguda y penetrante que parece molestar a todo el mundo excepto a su padre, que se encuentra sentado en una esquina de la sala con la cabeza baja y la mirada perdida.

La puerta se abre dejando paso a una corriente fría de aire. Tras ella, entra una mujer de aspecto exótico portando una maleta de ruedas. Antes de sentarse, se acerca a Ismael.

-Perdone… -dice con un marcado acento ruso- ¿sabe si me permitirán dejar las cosas aquí mientras entro a ver a mi hermana? Es que no creo que me dejen pasar con todo esto… -explica mientras señala con la mano la maleta de ruedas.

-No creo que haya ningún problema –contesta Ismael- de todas formas, si va a estar dentro mucho rato, tal vez debería preguntar en recepción. Tal vez allí…

El ruido de otra puerta, esta vez la de quirófanos, corta de raíz la respuesta de Ismael.

-Roberto Guillén, por favor –dice la doctora Beltrán mientras mira el historial con el rabillo del ojo- acompáñenme. Todo ha ido estupendamente. Tienen una sobrina preciosa. Silvia y Roberto se levantan con cara de alivio mientras se disponen a seguir a la médica hacia el otro lado de la puerta.

Un estruendo recorre la sala. El niño acaba de tirar una papelera metálica y ahora su escaso contenido se encuentra extendido por el suelo. Las caras de los presentes en la sala son todo un poema ante tanta impertinencia, pero nadie dice nada.

El niño, lejos de cansarse, encuentra el interruptor de la luz y empieza a tocarlo. Apaga la luz, la enciende, vuelve a apagarla…

-A ver pedugo… ¡que nos dejas a oscuras..! –dice Ismael con su tono de padre condescendiente.

El niño hace caso omiso a las palabras de Ismael y sigue encendiendo y apagando la luz mientras observa el parpadeo constante de los fluorescentes.

Manuel pierde la poca paciencia que le quedaba. –¡Niño! ¡Haz el favor de dejar ya la lucecita! Y usted –dice dirigiéndose al cabizbajo padre- haga el favor de decirle algo al crío…!

El padre levanta la cabeza lentamente y mira a Manuel sin verlo, como traspasándolo. Finalmente, habla. -¿Qué quiere que le diga a mi hijo? Por dónde empiezo… ¿Le recrimino su comportamiento… o prefiere que le diga que su padre está roto? ¿Quiere que le diga que tire el regalo que tenía preparado para su hermano a la papelera?? A esa papelera… (señala la papelera volcada). ¿Le doy una bofetada… o saco fuerzas de donde sea para decirle que volvemos a casa los dos solos? ¿por dónde empiezo?

Manuel no da crédito. –Pero ¿qué me está contando? Cuéntele lo que le dé la gana… bastante tengo yo con lo mío.

-¿Bastante?.. ¿bastante? –exclama el padre- No puedes hacerte una idea de lo que es bastante. ¿Controlamos acaso nosotros hasta donde llega un bastante?

De repente, se oye el sonido de la puerta al abrirse aceleradamente. Entra la doctora Beltrán con cara de preocupación.

-Manuel Masía… ¿es usted? –dice mirando al irritado Manuel. Acompáñeme, por favor.

-¿Qué ocurre? –titubea Manuel.

-Hágame caso por favor y acompáñeme, ha habido un contratiempo.

El tiempo se para y Manuel empieza a ver una tenue neblina mientras se levanta de la silla. Justo antes de entrar por la puerta que conduce al paritorio se gira para mirar al niño y luego a su padre. En ese instante, el crío vuelve a apagar la luz y en la cabeza de Manuel resuena la voz del padre del niño: “¿por dónde empiezo?”

Esto es un intento de guión, mi primer intento de guión, de hecho. Está pensado para representarlo, para recrearlo. Y por eso está contado así y no de otra forma. No es ninguna maravilla, pero espero que os guste.

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Comments
2 Responses to “¿Por dónde empiezo..?”
  1. Dani dice:

    cine o teatro??

    • No sé… ni me lo había planteado, sólo intenté escribir un texto ‘desde fuera’, desde una óptica diferente a lo que suelo escribir y poniendo detalles que de normal no pongo. Le queda mucho para ser un guión, pero bueno, puliéndolo valdría para las dos cosas hubiera cámara o no la hubiera porque, total, sólo hay un escenario, así que no sería difícil de representar. Eso sí, que fuera una mierda porque el texto es un fulerillo ya sería otra cosa…

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