Moñadas

No conozco a nadie tan moñas como yo. Y no lo digo en plan cumplido hacia mí misma, ni mucho menos. Lo digo porque esta hipersensibilidad extrema terminará por acabar conmigo. Ayer fue mi último día en clase de natación, al menos hasta que mi economía me dé un respiro y pueda volver a apuntarme. Pues bien, me dió verdadera lástima despedirme de la profe y de mis compañeros. Pena porque a lo mejor no los volveré a ver, porque son muy majos y porque, oye, llevo la friolera de ¡¡6 meses!! compartiendo con ellos un montón de rato… lo que viene siendo hora y media a la semana, pero bueno, es que el sufrimiento entre largo y largo une mucho. Pero es que os mentiría si os dijera que no me dio pena despedirme.

Me pasa siempre. Le cojo cariño a la gente enseguida. Todo me emociona. Todo me enternece. Y todo me hace llorar o, al menos, me llena los ojos de lagrimillas de esas odiosas que te esfuerzas por contener, pero no puedes (de esas que te hacen responder cosas absurdas cuando te preguntan ‘¿qué te pasa?’, cosas del estilo, ‘nada, es que he bostezado; nada; es que me ha entrado un ataque de tos; nada, es que se me ha metido algo en un ojo… bueno, en los dos…’)

Y para definir a alguien así, la palabra más acertada que he oído hasta el momento es ‘moñas’. El caso es que la gente moñas como yo, que tiene tanta facilidad para llorar de pena como para llorar de risa, tiene un inconveniente añadido: nuestro llanto vale muy poco. Y no quiero decir con eso que sea falso, que va, es de verdad, mal que nos pese ser así. Lo que quiero decir es que tenemos a todo al mundo tan acostumbrado a nuestros lloros que ya no le conmueven a nadie.  Os voy a poner un ejemplo práctico para que me entendáis: mi madre, cuando tiene que darme una mala noticia, una noticia que sabe que me va a afectar, me la dice un par de días antes que al resto del mundo. Así, cuando la cosa ya es oficial, yo ya he llorado todo lo que he tenido que llorar y no monto el mismo drama que si me enterara a la vez que el resto. Ella dice que es porque soy emotiva (claro, es que, como es mi madre, le sabe mal llamarme ‘moñas’).

Sin ambargo, la gente que es justo al revés que yo, o sea, la gente que no llora nunca, produce en mí un efecto extraño. Otro ejemplo práctico: Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he visto llorar a mi padre, pero siempre que lo he visto he pensado lo mismo:  ‘qué grave tiene que ser lo que está pasando para que él llore. Porque si lloro yo, no tiene por qué pasar nada importante, pero si él está llorando es que todo está mucho más jodido de lo que pensaba’.

Y hasta aquí mis desequilibrios de hoy, que me estoy alargando y luego no va a haber valiente que se lo lea.

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