100 años de soledad

Ayer leí que nuestro manera de ver el mundo depende de cómo sentimos ese mundo. Parece una obviedad y, tal vez lo sea, pero es que llevo unos días más sensible de la cuenta y me da por pensar en tonterías obvias. No es fácil crecer. No es fácil darse cuenta de que las cosas se vuelven muy complicadas conforme vas cumpliendo años. De pequeña, siempre pensaba que mis padres tenían una especie de superpoder capaz de solucionar los problemas más graves. Daba igual lo que me pasara. Ellos tenían la extraña cualidad de buscar la solución y relativizar el asunto hasta que yo terminara también por verlo como algo pequeño y tonto, sin importancia. Pero resulta que ahora que he crecido me he dado cuenta de que yo no tengo ese superpoder y que el de mis padres hace mucho que dejó de surtirme efecto. Ahora me he dado cuenta de que la magnitud de los problemas y el número de años crecen de forma proporcional. La verdad es que añoro las épocas de mi vida en las que los problemas se solucionaban con simple ‘cura sana’ o con un lloro de una tarde. Ahora, todo es más complicado. Los problemas se enquistan, duran mucho, no pasan nunca y, muchas veces, me siento demasiado sola para afrontarlos.

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