No soy culpable

No sé si te he contado que tengo un alma gemela. Sí, sí, como lo oyes. No hace mucho tiempo, ni siquiera hace un año que mi alma gemela se cruzó en mi camino. Pero da igual, porque la ventaja de ser almas gemelas, es que a las dos horas tienes la extraña sensación de conocerte de toda la vida. Pero claro, no es que sea mi alma gemela sólo por esa sensación. Hay muchas más razones que nos han llevado a pensar eso. Como tener la misma profesión, la misma afición por escribir, el mismo sentido del humor, la misma manera de ver las cosas y, sobre todo, el haber llevado una vida extrañamente paralela en el plano sentimental. Tengo muchas amigas y todas lo son porque tenemos algo en común, aunque sean pequeñas cosas, pero es gracioso, y algo turbador también, encontrarte con alguien con quien compartes tantas cosas antes de haber compartido personalmente ninguna.

Como no podía ser de otra manera, ella también tiene un blog. Lo empezó por la misma razón que yo, aunque sin habernos conocido para contárnoslo. Eso sí, su blog, lejos de ser secreto, es visitado por un montón de gente al día y sus entradas han merecido la edición de un libro. (En fin. No te preocupes. Todo llegará, que ella es mayor que yo…)

En cualquier caso, lo que pasa es que hace unos días leí una entrada de su blog y me pasó algo que me suele pasar con ella (para eso somos almas gemelas, claro). Resulta que en sus palabras, que relataban el cómo se sentía ella, leí exactamente la forma en la que yo me sentía en ese instante. Entonces pensé en escribirte a ti a mi manera y con otras palabras el cómo me sentía. Pero me he dado cuenta de que no puede ser. Porque el cómo me siento ya está escrito. Y no hay otras palabras para expresarlo. Va por ti, Hache.

“Dime tú, por favor, si soy culpable. Dímelo porque ya no sé si me vuelvo loca. Dime si soy culpable de haber amado a quién no me amó. Dime si soy culpable de haber creído en sus palabras, de haber confiado en él. Dijo que yo era la única. Lo dijo y desapareció. Tiempo después, llegó. Estaba más serio, más callado, más en otra parte que de costumbre. Entonces dijo: ya no te amo. Y me mató. Lo dijo suave, tranquilo, como quién bebe té. Y yo hacía preguntas para que él se desdijera, pero sus respuestas siempre eran frías, lejanas, como de quién odia, como de quién espera ese momento para matar a alguien. Y, sí, me mató. Pasó el tiempo. No le olvidaba. Más tiempo. No podía olvidarle. Tiempo, tiempo, tiempo. Él, siempre dentro (…) No puedo decir que haya olvidado a quién me mató. Ése será siempre mi asesino. Pero he encontrado cariño cuando solo esperaba la nada. Y hoy, por eso, he de decir aquí, que no me siento culpable. ¿Puede un muerto hacer daño? Pues esta chica cadáver ningún mal ha de hacer porque ya sufrió, ya murió,… Y él nunca la lloró. Tú que lees esta historia, dime, ¿soy culpable de ser por fin un poco feliz? Entonces, ¿por qué a veces me hacen sentir así?”

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