Cabreos

La gente que me conoce, pero incluso la gente que me conoce bastante, se sorprende a menudo de mi mala leche. No es un rasgo que se espere de mí, ni tampoco es que me cabree muchas veces en serio. Ya sé que todos tenemos nuestro carácter, pero yo no estoy hablando de enfados de poca monta, sino de auténticos cabreos. El que he cogido esta mañana ha sido uno de ellos. La víctima ha sido una celadora de la seguridad social y, todo hay que decirlo, se merecía los gritos por inútil. Lo cierto es que yo misma me sorprende de las cosas que pueden llegar a salir por mi boca cuando me cabreo así. Es como la transformación de Hulk, pero sin volverme verde, un poco roja si acaso. Lo malo es que, claro, salía del otorrino y éste me acababa de decir que para evitar mi segunda operación de nódulos tenía que hablar menos, más bajo y más despacio. Pero claro, a mí nadie me había dicho que nada más salir de la consulta iban a poner a prueba a mi parte más chunga. En fin. Está claro que no hay nada que hacer para evitar la operación porque la vida no está hecha para no gritar. Al menos si tienes sangre en las venas en vez de horchata… Es inevitable.

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