Momentos impagables

Un profesor de lengua que tenía en el instituto me dijo una vez que “con dinero no se puede comprar la felicidad, pero se pueden comprar tantos sucedáneos que pasa desaparcebida”. Siempre he estado bastante de acuerdo con esto, aunque hoy me ha dado por pensar en las pocas o incluso únicas cosas que no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo. Son los momentos.

Y no me refiero a los buenos momentos en general, sino a los momentos verdaderamente especiales. Me refiero a una larga conversación entre cervezas con un buen amigo, con una de esas personas con las que conectas, con las que tienes un vínculo invisible que sobrepasa la amistad para convertirse en complicidad. O a una noche de fiesta con gente que te importa, una noche en la que la vida te parece maravillosa y los problemas se desvanecen hasta no existir. O a mirar a los ojos a la persona que quieres y sentir que todo lo demás no importa porque, entonces, en ese preciso momento, no existe nadie más en el mundo. Yo he vivido todos estos momentos, y en todos ellos he sentido el impulso de decirle a la persona o personas que tengo delante que los quiero, que sin ellos nada tiene sentido… Pero, ay amigos, lo malo de los momentos especiales es que pasan. Y a mí se me suelen pasar sin decir lo que estoy pensando. Sólo espero que los demás sepan leer en mis ojos.

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